MIS MUJERES CORREGIDAS

La Voz

AROUSA

VÍTOR MEJUTO

ALONSO DE LA TORRE CAFÉ CON GOTAS

27 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Las faltas de ortografía me ponen de los nervios. Recuerdo que cuando era jovencillo y me carteaba con alguna chica, le devolvía sus misivas con las faltas corregidas. Supongo que ahí está la raíz de algún que otro desengaño, aunque también es cierto que quien superó aquella afrenta ortográfica sin odiarme, demostró un amor sin fisuras. Cuando viajo y veo los carteles de la autopista con la palabra Vilagarcía escrita sin tilde, me irrito. Cuando paso por el frigorífico y leo automático sin tilde, cojo el rotulador y la coloco sobre la a, aunque luego vengan las manos limpiadoras y la borren. Y no digamos cuando a algún compañero se le escapa una errata ortográfica que corrijo con tacto, pero con energía. Si soy tan exigente con la ortografía, la gramática y la semántica, entenderán ustedes que no haya para mí mayor vergüenza que cometer un desliz lingüístico, ya sea por error involuntario, ya sea por desconocimiento. Y los cometo, vaya si los cometo. La semana pasada se me escapó un timbal con ene que me asustó al leerlo al día siguiente y este domingo, solté un cánones sin tilde que me horrorizó y me amargó el día de fiesta. Aunque peor fue una vez que ironicé estúpidamente sobre el dislate sintáctico de un policía municipal y probé de mi propia medicina al escribir en el texto «habían situaciones», cuando lo correcto hubiera sido «había situaciones», como oportunamente corrigió una fina lectora en una carta pública que me sacó los colores. Es más, en un libro explicativo sobre errores gramaticales provocados por influencia del gallego, aparece una frase mía de un Callejón del Viento en la que cometo un leísmo. Es cierto que el autor desconoce que soy de Cáceres, territorio leísta, pero el fallo, fallo fue. Uno de mis últimos errores, y este fue por puro desconocimiento, consistió en hablar de un defensa central gallego llamado Pena sobre cuyo apellido hice alguna gracia. Inmediatamente, un exalumno y el parlamentario Paco Trigo me comunicaron que en gallego pena significa piedra de gran tamaño o castigo. El apellido era por tanto muy pertinente para un defensa central. Cómo hubieran disfrutado con estas barbaridades las mujeres a quienes tanto corregí.