BOTAS DE CAÑA

La Voz

AROUSA

ALONSO DE LA TORRE LA PLAZA DE LA ESTACIÓN

17 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

El corazón de Antonio Machado esperaba cada año, «también hacia la luz y hacia la vida», otro milagro de la primavera. Y efectivamente, en cuanto barruntas marzo, se disipan las borrascas, se esfuma la niebla, luce el cielo y empiezan los milagros. Los hay místicos y vegetales como la lengua de yema verde en el árbol gris. Están después los milagros de la sangre alborotada y rediviva y dejo para el final esos detalles cotidianos que brotan a medida que febrero se asienta. Este año me he fijado en una tontería que me había escondido el invierno: las mujeres calzan de nuevo botas de caña, visten faldas comedidas cuyos bordes rozan las rodillas y dejan un espacio entre el vuelo y el cuero donde se reescribe la historia de la seducción y la sugerencia, que se estaba perdiendo. Lo dijo un cineasta y me gustó. «Lo obvio no comunica nada», sentenció Manuel Gutiérrez Aragón y la máxima me acompaña desde la última adolescencia. Por eso, la estética de la bota de caña y la falda démie me reconcilia con una fe en la elegancia natural de la mujer que ya había empezado a poner en cuarentena. En mis canones de la belleza primaban el anhelo y la recreación y rechinaba la demasiado obvia minifalda por sucinta; el excesivamente grosero pantalón caído de braga asomada por evidente; el francamente vulgar top estrecho de ombligo y pecho... En estos temas de la morbidez y lo primoroso, mi maestro fue un diplomático japonés llamado Susumu Fukuda. Tenía yo 18 años y él 27 cuando llegó a mi colegio mayor en Salamanca para perfeccionar su español antes de escoger destino en una embajada americana. Mantuvimos una estrecha amistad hasta que un día se exaltó por una broma mal entendida y me marcó siete golpes de karate sin tocarme que me espantaron. Pero antes de esbozar su violencia, me explicó otras sugerencias más volátiles: la de las geishas y el encanto de sus túnicas y velos, de los que se van desprendiendo lenta y voluptuosamente. Susumu me confesó que quien ha amado a una geisha queda marcado y ya no vuelve a tener otra experiencia que lo sacie en tan alto grado. Y así, entre Gutiérrez Aragón y el diplomático nipón he ido conformando un gusto y una erótica que paladean con fruición el milagro femenino de esta primavera: la bota de caña, la falda que casi roza la rodilla, el sí es no es de esa pierna por donde «una paloma sube a tu cintura, baja a la tierra un nardo interminable». Y así comienza el tiempo donde empieza todo, con vuelos volubles de telas y luengas alturas de cueros... Delicadezas entrevistas que te indican, te prometen, te lo dicen sin decirte, te lo enseñan sin mostrártelo. Es la negación de la obviedad y el acicate de la imaginación. La donosura sutil de la acera cotidiana, el congraciarte con el taconeo que es música frente a otros tacones y otras botas groseras y evidentes. Porque al tiempo que el vuelo mínimo de una falda se posa en el haz de una rodilla, hay otra primavera que se anuncia por Arousa con otras estridencias y otros modos. Frente a la lisura de la flor, el acíbar del conductor de autobús mal pagado o despedido. Frente al brillo fresco de la sangre renovada, la hedionda pústula del poderoso subvencionado. Frente al lustre de la caña envolvente que abraza la pierna, la porra testicular que crispa la vida y aviva el infierno. Antonio Machado esperaba cada año otro milagro de la primavera, sí, pero también hizo decir a Juan de Mairena que en España, a veces, no gobiernan las cabezas, sino las botas.