La mano que mece la cuna

Miguel Gómez EL ESCÁNER

ANDAR MIUDIÑO

Sandra Alonso

17 dic 2022 . Actualizado a las 23:22 h.

Pasó la Penya por años complicados, económica y deportivamente. El primer intento de reimpulsarlo fue durante la polémica campaña de 2015 «Limpiando Badalona». García Albiol, entonces alcalde, no solo quería un Joventut competitivo, sino convertir en museo la casa donde había nacido Jaume Naismirh: «Badalona, bressol del bàsket». Ironías de la vida, el número 75 del Carrer de Francesc Layret lo ocupa hoy un restaurante turco.

Fue en 2018, con la entrada de Grifols como accionista mayoritario, cuando el Joventut volvió a asentarse en la zona burguesa de la ACB. Con un presupuesto que duplica el del Obradoiro, encontró su «cuatro polivalente» en Sar: primero Brodziansky, ahora Ellenson. La verdad es que tienen un gran equipo: jugadores para hacer daño fuera, dentro, de dentro a fuera y de fuera a dentro (perrea, perrea).

Para cuatro polivalente, Dragan Bender. Decía Moncho en la previa que está el colectivo para compensar su aportación. Tengo que preguntarle qué cereales desayuna por las mañanas. Hay una llave para abrir cada puerta y llaves maestras que las abren todas. Muscala, Kleber y Bender; uno y trino.

Joventut salió con Parra al cuatro, dejando mucho espacio para Ante Tomic, mucha calma. En tres minutos, parcial de 2-10; tiempo de Moncho y Guerrero a pista por un desafortunado Blazevic. A los triples fallados por los locales respondieron con acierto Feliz y Pau Ribas. 2-16. Problemas para encontrar ventajas en ataque y para disimular desventajas en defensa: 7-27 al final del primer cuarto.

Una zona 2-3 frenó varios minutos el ataque badalonés, pero el Obra estaba más peleado con el aro que la grada con Carles Duran. La ilusión de la remontada se difuminó y, al descanso, la tercera sinfonía de Beethoven sonaba un poco más lejos.

Remontar 23 puntos habiendo anotado 24 y desaprovechado la ocasión de que el Joventut pasase algún balón al jersey verde de los entrenadores santiagueses parecía misión imposible, pedalease o bajase de la bici Westermann. Y lo era.