Sar cuida sus rutinas, pero no es lo mismo


No es lo mismo, por más que el speaker, Javier Masaguer, se afanase en darle a la jornada de estreno en la Liga Endesa apariencia de normalidad, o que la Peña Fondo Norte compensase su ausencia con un gran tifo en el fondo en el que se ubica, o que Moncho Fernández siga enviando a las butacas en las que se ubica su familia un beso antes de la ronda de presentación los protagonistas. Sin público el frío se cuela en el ambiente, falta la pasión de las emociones, el envoltorio de las sensaciones.

La nueva normalidad no le sienta bien al baloncesto. No es lo mismo ya desde antes de que empiece el partido, porque uno puede llegar con más o menos tiempo sobre el horario de inicio y aparcar donde le plazca. Es una vivencia desconocida, la única que se agradece.

Pero nada más acceder al recinto, el vacío en las gradas impone. Los paneles de metacrilato en la mesa de anotación se hacen extraños a la vista. El sonido de las zapatillas al rozar sobre el parqué cobra un protagonismo desconocido. Cuando media hora antes del arranque del choque Masaguer dice aquello de «¡Recibimos aos xogadores do Monbus Obradoiro!», y no llegan los aplausos desde la grada, el corazón se encoge. Y más todavía cuando lo que sale de los altavoces es una grabación del Miudiño y no hay bufandas al viento en los prolegómenos de la contienda. O cuando los jugadores se retiraban al vestuario en el descanso, en medio de un silencio atronador. Es todo tan aséptico que la Caldeira de Sar, sin el fuego de la afición, más bien parece un quirófano.

Lo que nadie ha podido explicar todavía es que uno pueda ir al cine, o al teatro, o a un partido de balonmano, o a uno de fútbol de Segunda División B cuando empiece la Liga en la categoría de bronce, en todos los casos con restricciones en el aforo, mientras que en la Primera y la Segunda División de fútbol, y en la ACB, no está permitida la asistencia de público. Y no es por falta de protocolos.

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