Pasad, pasad


Quería ser como Leonard Cohen, con su vieja gabardina azul, deseado por las chicas más guapas de la Universidad, pero mi voz era de oro. Pregunté a Leonard cómo lo había conseguido. Todavía no me ha contestado pero le escucho toser cada noche, cien pisos encima de mí, mientras pienso si me llegará el dinero para pagar la hipoteca en la Torre de la Canción.

Intenté ser como Tom Waits. Bebía en copas rotas y vestía una vieja camisa manchada de sangre y whisky. Buenas noches a los que limpian las calles y buenas noches a Matilda también. El despertador suena antes de las siete.

Quise ser Jaume Sisa, dormir a mis hijos contándoles como los invitados iban llegando y llenaban la casa de colores y perfumes. Ya estaban Blancanieves, Pulgarcito, los tres cerditos. Benvinguts, passeu, passeu, de las tristezas haremos humo. ¿Papá, dejan de llegar personajes o no va a ocurrir nada?»

El Obradoiro fue Leonard Cohen en diciembre. Tomó unas copas con el Betis; disfrutó una semana en Gran Canaria (aunque el último día le sentó mal un chupito de leche rizada) e invitó a comer a Fuenlabrada y a Estudiantes que, como Gervasio, pobres, no lo estaban pasando nada bien.

El día dos llegó el cargo de la Visa y el Obradoiro se convirtió en Tom Waits. La cuenta vacía, buscando un base de su talla en las rebajas de enero y el partido contra Valencia como única opción de evitar un mes nefasto.

La buena noticia fue que arrancamos el partido anotando los tres primeros intentos triples. La mala que cedimos los dos primeros rebotes en nuestro aro. Valencia rotaba jugadores como si hubiesen jugado tres partidos en Rusia en diez días y nos hacía daño en unos contra uno de sus exteriores. Kravic llevó la ventaja local a 10 puntos aprovechándose de que la mente de Djublevic seguía puesta en aquella cheerleader del CSKA, algo que no hizo ninguna gracia a San Emeterio. Los dos puntos de renta que nos llevamos a los vestuarios, el Obra mejor desde el triple, peor en el rebote, se antojaban pocos teniendo en cuenta lo que se habían dosificado los valencianos, y los árbitros, en defensa (3 faltas en 20 minutos).

El acierto cambió de bando mediado el tercer cuarto pero no el dominio del rebote y Valencia cogió 9 puntos de ventaja. Moncho utilizó tres cuatros y buscar ventajas con Daum, defendido por Abalde, cerca del aro. El partido volvió a igualarse. 82-82 a medio minuto para el final. Canastón de Daum a ocho segundos. Van Rossom mete solo un tiro libre. Falta antideportiva clara que se hace eterna revisada por los árbitros. El tiempo no cuenta ni el espacio. Cualquier noche puede salir el sol.

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