Escribía el otro día un artículo titulado, “Hay que arreglar esto”, en el que terminaba culpando a los males de la Tierra de la codicia humana. Y, concretamente, me refería a la voracidad de las empresas que, pendientes de sus balances, abandonan a su suerte a los empleados como si no tuvieran ninguna responsabilidad social. Y sí, la hay. Porque si bien las empresas se montan para ganar dinero, lo cierto es que se valen del personal, impactan ambientalmente en su localización, interfieren en el contacto con proveedores, forman parte del tejido empresarial y hasta gozan de privilegios y subvenciones en aras a mejorar la economía de la zona.

Todos los países se esfuerzan en facilitar su instalación porque, evidentemente, colaboran en su economía de un país. Falso es negar esa evidencia.

Y este ejemplo sirve para decir, una vez más, que no se les puede permitir por más tiempo a las empresas la desconexión que realizan de la sociedad de la que forman parte; irse de rositas sin responsabilizarse de las ayudas recibidas, ya subvenciones, ya otras prebendas; ni tampoco escaquearse de su obligación para reparar los desmanes con el entorno; y, por supuesto, ya que todo se ha soportado en aras del mantenimiento del empleo, eludir la responsabilidad social con los empleados con indemnizaciones ridículas.

La reforma laboral última favorece estos abusos. La empresa, me refiero a Alcoa, no puede ser un tiburón depredador ni un grupo de «cuatreros». En ese marco, que supone el capitalismo más atroz, la economía precisa y urge un cambio de modelo que incluya los aspectos sociales y ponga freno a los deasmanes y abusos del desalmado codicioso.

España, y con ella gran parte de Europa, industrialmente sigue siendo desmantelada por la feroz competencia China y los países emergentes. La globalización ha sido una falacia más de ese capitalismo. Resulta evidente, dadas las diferencias laborables e irrenunciables de nuestra clase trabajadora, la falta de competividad de la industria europea con estos países.

No podemos consentir por más tiempo que nuestra economía, y me refiero no sólo a la española, sino tambien a la europea, se vea sometida a la dictadura de bajos costes que hacen inviable nuestra industria.Son precisas y urgentes medidas en este sentido. No se puede consentir que una multinacional o cualquier otra presión, imponga su voluntad por encima de los gobiernos, sean éstos del color que sean. No se puede esperar más que leyes absoletas sean utilizadas por estos desalmados oportunistas. Inundan los mercados con sus productos y competencia desleal y terminan por arruinar las economías occidentales. Resulta claro que los costes de producción son más baratos en esos países donde la esclavitud es amparada por los dirigentes.

Ahora le toca a la industria del aluminio.Alcoa trata de desmantelar la factoría de San Cibrao como antes le tocó a la industria de los electrodomésticos o a la del calzado, por poner sólo dos ejemplos. Y así pasó con la construcción naval, con la industria textil y el resto. Estos grupos hacen trampas con sus impuestos, falsifican en China o cualquier país sus productos, se pasan por la entrepierna las normativas de la UE y exprimen como limones los restos del naufragio industrial de países como España.

Ahora le toca el turno a Alcoa ante la impotencia de unos políticos, siempre inmersos en luchas cainitas e incapaces de legislar con contundencia- y aquí hay que incluir a la vieja Europa sumergida en el conservadurismo más reaccionario- y que se irá de rositas ante el dolor de sus empleados y la desidia y pasotismo del resto de la ciudadanía.

Mientras, esta gente, tal «cuatreros», se llevará los millonarios beneficios de una compra de saldo, millones y millones de la actividad y subvenciones; el disfrute de precios baratos de energía, que por cierto pagábamos el resto de ciudadanos; nos “regalarán” la balsa de lodos, la contaminación ambiental, unas paupérimas y absoletas instalaciones; 524 obreros en el paro e incontables víctimas entre empleos de auxiliares, negocios afectados y, Dios no lo quiera, hambre.

Es el resultado de muchos problemas que se veían venir y que nadie, de momento, quiso o no supo arreglar. Sinceramente, creo que la gran lucha obrera merecía ser correspondida con unas leyes acordes a sus intereses y no de estos depredadores. Pero este páramo industrial que es España todavía da carroña a muchos buitres. Mientras, una gran mayoría de ciudadanos, abúlicos, apáticos y desidiosos comen churros y se resignan. Así no vamos a ninguna parte.

Por Ricardo Timiraos Maestro y escritor

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Desenfreno de la codicia