La constitución de las nuevas corporaciones municipales se reveló ayer como un claro signo del fin de un ciclo. Alrededor de 500 alcaldes del PSOE tuvieron que entregar el bastón de mando a un nuevo regidor, porque los ciudadanos decidieron el 22 de mayo que otro partido gobernase con mayoría absoluta o porque antiguos aliados los dejaron en la estacada. Además de entregar en Galicia alcaldías que estuvieron en sus manos desde los albores de la actual etapa democrática, el cinturón rojo de Madrid ya es historia y los socialistas tuvieron que catar el sabor amargo de la soledad y ver como en Andalucía, Cataluña o el País Vasco nuevas, y a veces extrañas, alianzas les arrebataban gruesas porciones de la tarta del poder local.
La soledad se escenificó también en un Gobierno obligado a tomar decisiones en solitario tras el fracaso de los agentes sociales para pactar una reforma laboral que parecía a punto la víspera de la jornada electoral, pero que se esfumó en apenas 24 horas coincidiendo con el giro marcado en las urnas.
La prima de riesgo volvió a subir, la Bolsa se dio esta semana un batacazo considerable y ni siquiera el alivio en las cifras del paro parece sostenible después del verano.
El PSOE debe elegir ya entre seguir manteniendo la ficción de que un Rubalcaba multiplicado puede devolver la ilusión a su electorado mientras Zapatero acaba de cumplir la amarga tarea que le impusieron los mercados, o rendirse de una vez a la evidencia y dejar que los ciudadanos decidan en las urnas qué Gobierno quieren. Así podrán centrarse en la urgente revisión a fondo de su organigrama y, sobre todo, de su mensaje.