El Gobierno actuó con firmeza y determinación para poner fin a la huelga salvaje de los controladores. Decretar el estado de alarma fue una arriesgada apuesta que se ha saldado con éxito. Bien está que el Ejecutivo defienda su actuación en la primera cosa que le sale bien desde hace mucho tiempo. Pero huelgan las notas de prepotencia y autocomplacencia que se detectan en las declaraciones del presidente del Gobierno. En primer lugar, porque mal debe de estar la situación cuando el Ejecutivo tiene que presumir de cumplir con su deber. Pero ante todo, porque para doblegar a los chantajistas ha sido necesario que miles de ciudadanos paguen las consecuencias con dinero y con irreparables daños morales. Por los mismos motivos sobra la estrategia del PP de lanzar a algunos portavoces a criticar al Ejecutivo mientras Rajoy le expresa su apoyo.