Cuando lo encontraron, Salvatore bajó su pistola, una de las nueve que tenía a mano. Por el retrete viajaban algunos de sus pizzini , esos papelitos con mensajes cifrados que utilizan los capos para intercambiar órdenes e información. Sandro, su hijo y mano derecha, desgarraba el aire con un: «¡ Ti amo, papa !». Salvatore, sin embargo, mantenía un silencio sereno. Incluso sonreía. Caía cerca de Palermo el capo de la Cosa Nostra y la realidad italiana se situaba a la altura de la imaginería de Scorsese, de Coppola.
Junto a las pistolas, los pizzini y una especie de mapa con los tentáculos de la organización, los agentes encontraron un folio con diez puntos escritos a máquina y con letra mayúscula, quizás para darle solemnidad al contenido. El texto, redactado en un italiano no muy correcto, contenía los diez mandamientos de la Cosa Nostra. El manual del buen mafioso. Bajo el epígrafe, «Derechos y deberes», se desgrana un decálogo de extrema sencillez. «Existe el deber de estar siempre disponible para la Cosa Nostra, aunque tu mujer esté de parto», reza uno de los puntos. Otro prohíbe fijarse en las esposas de los amigos. El cuarto establece que los miembros no deben ir a bares y clubes. El octavo recuerda la obligación de decir la verdad (dentro de la organización, se entiende). Y el noveno sostiene que no hay que apropiarse del dinero de otros individuos o familias (siempre que estos sean honorables miembros de la Cosa Nostra, claro).
Son las reglas básicas de ese Estado paralelo asentado en Italia cuyo volumen de negocio representa el 7% del producto interior bruto del país. Unas normas con las que se intenta mantener cerrado el tarro de las esencias de la Cosa Nostra. Los fundamentos del crimen y del poder se apuntalan con un código de honor tosco y de simpleza sonrojante. Poca tinta y mucha sangre. Al padrino de Coppola se le habría caído la cara de vergüenza.