Un hallazgo vale por una vida

A MARIÑA

LA TRIBUNA | O |

23 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NADA HAY en el mundo que ilusione y satisfaga más a mi vecino que descubrir un objeto extraño en la playa. En el garaje atesora maletines con lápices y ceras escolares; kilómetros de mallas de red, que ha ido deshaciendo con paciencia durante años; metros de estacha; frascos de todos los tamaños; cajas de pescado; garrafas de aceites y grasa; piezas minúsculas con inscripciones en inglés, alemán o chino; palas, cubos y otros juguetes de plástico; tubos de pegamento... Y hasta un inmenso bote a rebosar de curry. Plácido da la vida por un hallazgo. Se despierta con la playa. Madruga con el único afán de ser el primero en avistar cualquier posible regalo del mar. Y el mar le obsequia con variopintas apariciones. La más reciente ha sido de sus favoritas. Decenas de tablones de madera esparcidos por O Coído Pequeno, las inmediaciones de la Torre, A Decesa y A Poroncela. El descubrimiento le hizo temblar de emoción, despertó a su mujer y ambos emprendieron la marcha, al alba, hacia un confín poblado de tablas de pino rojo sangrado. Mi vecino aprendió de su madre que quien primero alcanza la pieza y logra apartarla de la línea de la marea, se hace dueño de ella. Los exploradores como él saben que si alguien se adelanta se hace con el botín. Pero ese día, cuando la playa amaneció plagada de tablones, en seguida supo que había botín para todos y que, por mucho que lo deseara, con ochenta años uno no está para andar trepando por O Coído Blanco. Ni por ningún otro. Junto al garaje ha ido apilando la madera, que piensa utilizar para el cierre de una finca. Tengo la certeza de que jamás cerrará la finca. Sé que no necesita para nada los tablones de pino rojo sangrado. Bueno, miento. A mi vecino los tablones de pino rojo sangrado, como la lata de curry o los lápices, le dan la vida.