Vila Nova de Cerveira muta en un zoológico de ganchillo

AL SOL

Brais Suárez

13 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Vila Nova de Cerveira es uno de los pueblos más encantadores que ofrece Portugal, nada más cruzar el río Miño. Estrechas calles adoquinadas, bajas casas de piedra, la plaza de la iglesia rodeada con cafeterías y los amplios paseos junto al río Miño. Pero este verano, desde el cinco de julio, el visitante se sorprende también con las figuras que adornan toda la villa.

Se trata del evento El ganchillo sale a la calle… en Cerveira, que en la edición de este año gira en torno al tema de una explosión de colores. Es, más o menos, lo que se siente al empezar a caminar por el pueblo, adornado con los más inesperados ejercicios de ganchillo: los pivotes de una calle forrados con coloridos motivos, las farolas rodeadas por enrevesados colorines, las calles atravesadas por un arco iris, o incluso algún restaurante con su plato estrella representado en ganchillo, sobre el tejado. Lo más curioso se da en la plaza principal: un enorme gallo, símbolo de Portugal, luce sus plumas —de ganchillo, claro— frente a la iglesia principal. Sus colores intensos, las formas geométricas casi psicodélicas y, en definitiva, la originalidad, se repiten unos metros más adelante en una vaca que parece extraída de una película de los años 60. Más sobrio, blanco y de meticuloso encaje, es el ciervo que pone nombre al pueblo. Pero son solo los más visibles: basta levantar la cabeza para ver algunas palomas —sí, también de ganchillo— revoloteando sobre la plaza, o doblar una esquina para encontrarse con un lobo oteando el horizonte o un pequeño conejo descansando junto a una piedra. Una abeja chupando el néctar de una planta o un gran saltamontes rodeado de gente haciéndose fotos. Hasta las flores que lo acompañan crecen en lana de colores.

Se trata de una original iniciativa que, desde 2014, logra implicar cada verano a los cerveirenses, que transforman las calles con su creatividad. «¡Todo es de ganchillo!», reafirma una rosquillera ante la sorpresa de los visitantes. Son esas miradas de asombro las que enorgullecen a los vecinos, en esta particular manera de homenajear una forma de artesanía tradicional, que ya es una parte intrínseca para la cohesión y la identidad del pueblo. Como cuentan algunos de los participantes, preparar este pequeño zoológico de colores les exigió unos tres meses de trabajo conjunto, aunque alguna de las figuras más impresionantes —como el gran gato de colores— fue elaborada por una vecina que roza los cien años. «Es algo comunitario, trabajamos mucho y la convivencia que nos ofrece es una forma de terapia», dice una vecina a RTP. Algo en lo que acaba participando también quienquiera que visite el pueblo.