Costumbres y «breading»


Somos animales de costumbres. Yo tengo muchísimas. Mi madre las llama «tus manías» y mi marido «esas cosas tuyas que si las llego a saber no sé qué». El no sé qué es cosecha mía, porque tengo la mala costumbre de no quedarme a escuchar el final de sus frases. Algunas costumbres pasan de padres a hijos como el color del pelo. Mi hijo y yo, por ejemplo, olemos la comida antes de probarla y dormimos con calcetines desde octubre a mayo. Dice mi madre que es de mala educación, sobre todo cuando vas a casa de alguien (lo de oler el bocado, no lo de los calcetines). Y que le tengo que quitar esa manía al niño. A mí la verdad es que me parece peor ponerse a rezar antes de comer, como si sospecharas que te van a envenenar, pero tampoco quiero crear polémicas. Mi madre cocina muy bien y en mi casa nunca hemos sentido la necesidad de entregarnos a la oración, solo de olfatear cual perdigueros. Algunas costumbres están tan asumidas que ya las reproducimos inconscientemente, sin darnos cuenta de que hacemos cosas extraordinarias. Ahora resulta que se ha puesto de moda lo de mojar el pan en el café. Fíjate tú, toda la vida haciendo «sopas» y viene un millennial a descubrir la pólvora. Que ahora como le hacen fotos a la comida en vez de olerla, descubren que el pan flota en el café con leche. Y además está rico. Da gusto verlos sopear con sus barbas hípsters intentando no mancharse mientras posan para Instagram. Escribo esto mientras mojo un poco de pan en el café antes de irme a trabajar. Mi marido me mira de reojo, costumbre adquirida tras muchos años de matrimonio. «¿Qué estás haciendo con el ordenador a estas horas? ¿No estarás con la manía esa tuya de escribir cosas para el periódico, no? Mira, es que si lo llego a saber…» No sé cómo ha acabado la frase. No me gustan los finales. Una costumbre como otra cualquiera.

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