Espionaje ruso con tecnología barata

Mercedes Gallego NUEVA YORK/COLPISA.

INTERNACIONAL

Tanto los métodos como los agentes de la red han resultado decepcionantes

03 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Estados Unidos seguía este viernes con fascinación el último episodio de espionaje ruso, un arcaísmo de la guerra fría que sin embargo decepciona a los más peliculeros por el nivel de a pie que tenían los once agentes detenidos.

Es cierto que había tinta invisible, mensajes en clave y periódicos llenos de billetes que se intercambiaban con gestos discretos en las estaciones de tren, pero en cuestión de tecnología James Bond es un mito nostálgico.

Los espías detenidos no usaban prototipos avanzados, sino que compraban los artilugios electrónicos más comunes en cadenas como Best Buy. Las transmisiones se hacían por wifi desde un café público a un portátil en el interior de una furgoneta aparcada en la esquina, lo que ha hecho reír a expertos como Glenn Fleishman, editor de Wi-Fi Net News, que nombró para la agencia Associated Press unos cuantos programas de uso comercial que podían haberles blindado del FBI.

Otros expertos consideran que los espías no eran tan tontos, porque con la transmisión codificada por wifi evitaban el paso de la información a través de Internet y, sobre todo, cualquier contacto visible entre el agente y sus conexiones rusas.

Prueba del abaratamiento tecnológico es el uso de móviles desechables, que sustituye a los pequeños transmisores ocultos en bolígrafos o cigarrillos para comunicarse con la central. Anna Chapman, la femme fatale de 28 años que acapara estos días las portadas de los tabloides, tiró de uno de ellos cuando sintió que el falso agente del FBI que se hacía pasar por un empleado del consulado ruso la estaba engañando.

Como estos teléfonos no requieren contrato de largo plazo ni comprometen ninguna deuda económica, los vendedores no realizan ninguna investigación financiera. Chapman habría dejado al FBI con un palmo de narices si no hubiera tirado inmediatamente la caja a una papelera pública, con cargador y la factura para la que había inventado un nombre: «Irine Kutsov, 99 de la Calle Falsa», escribió con una dejadez imperdonable.

A diferencia de esta joven sofisticada con aspecto de modelo, el resto del grupo destacaba por su aire de «padre aburrido», dijo frustrado el periodista del New York Times que el jueves siguió la comparecencia de dos de las parejas.

«Los han descrito como agentes secretos que conspiran viviendo entre las sombras de los suburbios residenciales, pero no parecían más siniestros que cualquier matrimonio aburrido en una reunión de padres de familia», observó el periodista.

Se trataba de Juan J. Lázaro y Viki Peláez, esta última peruana y columnista del diario La Prensa, que puede quedar en libertad bajo fianza al considerar el juez que es la única sin entrenamiento. Según las autoridades, su marido, antiguo profesor de Baruch College y padre de su hijo de 17 años, habría confesado su lealtad al Servicio Exterior Ruso (SVR), heredero del KGB, pero no habría querido revelar su verdadera identidad o los detalles de esa relación.

Lázaro, como el matrimonio de Richard y Cynthia Murphy, de New Jersey, o el de Donald Heathfield y Tracey Lee Ann Foley, en Boston, no han tenido la opción de salir bajo fianza.