Paul House fue declarado culpable de la violación y asesinato de la mujer de un amigo en 1986 y condenado a muerte. Pasó 22 años en el corredor de la muerte de una prisión de Tennessee. Los fiscales que llevaban el caso declararon que creían que House participó en el delito, aunque no lo hizo solo. El lunes, en un reconocimiento implícito del error, retiraron los cargos contra el acusado. El juez especial Jon Blackwood lo absolvió el martes.
La fecha para su ejecución estaba fijada para junio. Pero Innocence Project, una asociación de juristas y estudiantes de Derecho que defiende a condenados a muerte, apeló al Supremo y en el 2006 este tribunal dictaminó que tenía derecho a un nuevo juicio. Entonces, la asociación presentó nuevas pruebas. Las fundamentales fueron una de ADN que demostró que el semen que hallaron en el cadáver de Carolyn Muncey no era de House, como tampoco la sangre que la mujer tenía entre las uñas. Además existían dudas sobre otra de las pruebas presentada en el primer juicio: los pantalones del acusado manchados de sangre de la víctima. Tanto entonces como ahora, la defensa de House argumentó que se habían contaminado en dependencias policiales. Y el juez, ahora, sí da crédito a esta versión.
Pero el hecho es que House, que tiene 47 años, pasó la mitad de su vida encarcelado esperando su muerte. En ese tiempo desarrolló una enfermedad, esclerosis múltiple, por la que tiene que estar en silla de ruedas y que, según él, se agravó por no haber recibido suficiente atención médica en la prisión. «Lo único que lamento a estas alturas es no poder caminar, pero la ira la perdí hace por lo menos 10 años...», dijo. Desde el 2008, estaba fuera de la cárcel. Un benefactor anónimo pagó los 100.000 dólares de fianza que le habían impuesto para poder salir en libertad condicional.