Salió del barrio más pobre de Chicago para ir a las universidades de Princeton y Harvard, y recalca que es esposa, no asesora
07 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.«Soy una anomalía estadística: una chica negra, criada en el sur de Chicago... no se suponía que iba a llegar hasta aquí», dice Michelle Obama, que en enero entrará en la Casa Blanca como primera dama de la mano de su marido.
Sus simpatizantes la presentan como una nueva Jackie Kennedy, considerada por los estadounidenses como una de las primeras damas más refinadas de la historia independiente del país. Michelle rezuma juventud y elegancia, tal como la esposa del asesinado presidente John F. Kennedy (1961-1963) a su llegada a la Casa Blanca.
Sin embargo, en la noche electoral, el vestido que llevaba generó comentarios maliciosos. El traje, con pequeñas variaciones, fue presentado por el diseñador cubano Narciso Rodríguez en septiembre para la primavera del 2009.
Michelle Obama tiene un hablar franco y su cáustico sentido del humor la llevó a ser acusada por sus adversarios de antipatriota, arrogante y racista. Los cuestionamientos a su patriotismo derivaron de un acto en febrero en el que afirmó: «Por primera vez en mi vida adulta estoy verdaderamente orgullosa de mi país». «Evidentemente amo mi país [...] En ningún otro lugar salvo en Estados Unidos mi historia hubiera sido posible», se defendió después.
Elogiada por su inteligencia y donaire, ha sido calificada como la parte ácida del senador por Illinois y señora reproches por los medios conservadores.
Con 44 años, Michelle Obama admite haber visto con desconfianza la decisión de su esposo de lanzarse a la carrera por la Casa Blanca: quería preservar su vida familiar. Pero aceptó bajo dos condiciones: que Malia, de 10 años, y Sasha, de 7, vieran a su padre al menos una vez a la semana. Y que él dejara de fumar. Barack Obama cumplió... a medias, ya que confiesa que de tanto en tanto se rinde al placer del cigarrillo.
El barrio más pobre
Nacida en el seno de una modesta familia del sur de Chicago, Michelle Obama creció en el South Side, el barrio más pobre de la ciudad, en una casa de dos ambientes para sus cuatro habitantes. Su padre, Frazer Robinson, empleado de la alcaldía, trabajó toda su vida pese a una esclerosis. Marian, su madre, se ocupaba del hogar.
Michelle entró en la Universidad de Princeton en 1981. Centró su tesis de Sociología en la separación de razas y en cómo los estudiantes negros adoptan una «estructura social y cultural [de la raza] blanca» y se identifican cada vez menos con su comunidad étnica.
Con sus 1,82 metros de altura, huyó de los deportes porque es «alta, negra y atlética», cuenta uno de sus profesores. Después estudió Derecho en la Universidad de Harvard antes de convertirse en abogada de una gestoría de Chicago.
Pilar en la campaña
Allí conoció a quien la desposaría. No sin dificultades, pues supo resistir los embates de Barack Obama durante un buen tiempo. Pero claudicó ante una invitación para ver una película de Spike Lee, controvertido cineasta negro caracterizado por la crítica social en sus filmes.
Tras su boda en 1992, Michelle Obama dejó el sector privado para trabajar en la alcaldía de Chicago, y luego en el hospital universitario, del que es vicepresidenta de asuntos externos.
La futura primera dama de Estados Unidos fue un pilar en la campaña de su esposo. Dio cientos de entrevistas y no dudó en dirigirse a las multitudes con su profunda voz un poco ronca. «Mi esposo será un presidente extraordinario», dice.
Michelle Obama no se ve en un lugar eminente en la Casa Blanca. Y enfatiza: «Con Barack hablamos de todo, pero no soy su asesor político, soy su esposa». Ya conversó con Laura Bush, quien la invitó a visitar la Casa Blanca. Ella le agradeció la «orientación en las semanas próximas».