Nieva en la ciudad de El Alto, pero nadie frena la intensa actividad comercial de sus mercados. A dos grados bajo cero, la escena parece de un día cualquiera, si no fuera porque esta ciudad será llave del resultado que coseche Evo Morales en el referendo revocatorio. Aquí cerró su campaña el jueves y se da por hecho que casi el 90% votará por su continuidad al frente del Gobierno.
Es el bastión urbano de un dirigente omnipresente en carteles, fotos, pintadas y en las bocas de sus seguidores cuando se les habla del referendo. «Sí a Evo, sí a la revolución, el cambio continúa», corona un cartelón a la entrada del casco urbano. El Alto representa un hito demográfico mundial. Hasta 1985 era un villorrio del altiplano, a 4.100 metros de altura. Ahora, con 900.000 habitantes, es la segunda ciudad de Bolivia, por detrás de Santa Cruz y por delante de La Paz. Aquí se gestó la guerra del gas, que terminó con 70 muertos y con el mandato de Gonzalo Sánchez de Lozada en el 2003 y allanó el camino a Evo Morales en la elección del 2005.
Como entonces, el MAS, partido del presidente, domina una ciudad construida a golpe de riñón, sin sentido urbanístico, con mayoría de casas de autoconstrucción hechas con adobe. De algún modo, representa la desigualdad y la pobreza que azota Bolivia y que ahora le pide, desde la fidelidad, cuentas a Evo: él prometió que llevaría el gas a las casas, pero aún no se ven cañerías en El Alto.
En el mercado de La Ceja hay espacio para las videntes indígenas. Dora es una de ellas. A la pregunta de qué va a pasar en Bolivia a partir del lunes, exclama: «Ganará nuestro hermano Evo, pero habrá mucha violencia, más que hasta ahora».
La frase la firmaría cualquier analista político, pero a Dora la auxilian las fuerzas de la naturaleza. Muchos reclaman a Evo Morales las promesas que hizo hace más de dos años. Pero confían en su Gobierno más que en las otras opciones, más lejanas.