Acusan a once personas del mayor robo de identidad en Estados Unidos

Óscar Santamaría

INTERNACIONAL

El robo de identidad es algo que preocupa, y mucho, a los estadounidenses. Que alguien se haga pasar por otro y le esquilme la cuenta del banco, creándole serios problemas en su historial bancario -vital para cualquier movimiento en Estados Unidos- no es cosa de broma. El martes, el Departamento de Justicia alegró las vacaciones a más de uno al acusar a once personas por el mayor fraude de identidad en la historia de Estados Unidos.

Según las autoridades, tres americanos, tres estonios, tres ucranianos, dos chinos, un bielorruso y otro más del que solo se conoce el alias, pero no su paradero, formaron una red criminal para robar los números de 41 millones de tarjetas de crédito y débito al piratear los sistemas informáticos de nueve cadenas estadounidenses, entre ellas las populares papelerías OfficeMax o las librerías Barnes and Noble repartidas por todo el país.

Los investigadores, con operaciones abiertas en Boston, San Diego y Nueva York, dijeron que estos hombres utilizaron un sofisticado sistema para interceptar la transmisión de datos de las tiendas -aprovechando agujeros en las redes inalámbricas de conexión a Internet- y activar programas para robar los números PIN de las tarjetas cuando se deslizaban en las cajas registradoras de los establecimientos. Con esta información obtenían otros datos personales del cliente, con lo que la trampa estaba tendida.

Las acusaciones son por delitos de conspiración, fraude, robo de identidad e intrusión en ordenadores. Albert González es considerado el cabecilla de este grupo, que de resultar culpable podría ser condenado a cadena perpetua.

«Hasta el momento, es la operación de robo de identidad más grande y compleja de EE.?UU.», señalaron los fiscales que llevan este caso. El Departamento de Justicia ha contado también con la investigación encubierta del servicio secreto, que ha trabajado durante más de tres años a través de la oficina del fiscal en San Diego. Los agentes comprobaron cómo los números de las tarjetas eran vendidos por Internet en EE.?UU. y Europa del Este, para ser grabados luego en tarjetas nuevas, listas para ser pulidas.