Los cuatro policías secuestrados por las FARC que fueron liberados por el Ejército colombiano junto a Ingrid Betancourt y a otros siete soldados protagonizaron ayer un emotivo acto en la sede principal de su institución en Bogotá.
Se celebró una misa por los liberados y por los que aún quedan en la selva, pero el objetivo principal era entregar a Emperatriz de Guevara, cuyo hijo, el capitán Julián Guevara, murió en el 2006 tras siete años de cautiverio, el diario que el uniformado escribió hasta que las fuerzas se lo permitieron.
«Misión cumplida», fueron las únicas palabras del cabo primero John Jairo Durán, encargado de entregar el escrito a la madre del capitán, pues fue precisamente él quien lo cuidó hasta el último aliento.
A pesar de que estaba programado que los cuatro policías liberados hablaran con los medios, en el último momento decidieron no hacerlo y salieron fuertemente escoltados por la puerta de atrás a un lugar de descanso junto a sus familias.
Ni ellos ni los siete soldados rescatados han hablado con la prensa. Las autoridades aducen motivos de salud, a pesar de que ayer se les vio fuertes, aunque un tanto demacrados aún. Son los liberados «invisibles», aquellos de los que nadie habla, aquellos cuyas familias son tan humildes que nadie parece escuchar sus peticiones.
El cabo primero John Jairo Durán, el teniente Vianey Rodríguez, el subteniente Armado Castellanos y el sargento Julio César Buitrago se encontraron con sus familias después de estar convalecientes en el hospital de la policía y solo acudieron al programa de radio Voces del secuestro, que se emite el sábado por la noche, desde donde los familiares de los cautivos les mandan mensajes. Por primera vez en 10 años, fueron ellos los que mandaron un mensaje a sus compañeros que aún siguen en la selva en lugar de recibirlo.
Especialmente conmovedora fue la intervención de Durán al relatar la muerte del capitán Guevara y cómo las FARC no le permitieron enterrarlo. «Sus huesos estaban forrados por piel, era un cadáver, yo lo alimentaba, lo bañaba, lo afeitaba». La madre de Guevara, al recibir el diario de su hijo declaró: «Hoy me siento derrumbada, yo sabía que él había sufrido, pero no me imaginaba semejante dolor y crueldad».
Toda la plantilla del edificio de la policía en Bogotá asistió a la misa celebrada en su patio principal. Los pasillos interiores de los tres pisos que lo circundan estaban abarrotados, y al finalizar ondearon hojas blancas a modo de pañuelos para pedir por los 21 policías y soldados que aún quedan en cautiverio, además del alrededor de los 700 secuestrados por las FARC que nunca se beneficiarán de un acuerdo humanitario.