La casa de los horrores se convierte en atractivo turístico

Juan Oliver

INTERNACIONAL

02 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Por delante de la casa del monstruo pasean adolescentes comiendo pipas y jubilados lamiendo helados de cucurucho. Está nublado, pero la tarde está templada e invita al paseo, y en Amstetten no hay mucho más que hacer que pasear en un día festivo. Así que la vivienda de los Fritzl, rodeada de policías y cámaras de televisión, se ha convertido en el divertimento favorito de vecinos y visitantes.

«Hemos venido desde Viena», cuentan Alfred Lindenhorfer y Walpurga Kritzl, un matrimonio treintañero que se hace fotos delante del portalón de metal oxidado de la calle Damm, que da al jardín de los Fritzl. Desde allí se divisa la caseta de madera bajo la que Josef construyó el sótano, y Alfred y Maria, que no tienen hijos, aseguran sentirse acongojados al verse tan cerca de la guarida de la bestia. «Yo no quería venir, pero mi mujer decía que tenía que comprobar por sí misma que la historia era verdad», subraya Alfred.

Espanto

No son los únicos, porque muchos austríacos aún siguen frotándose los ojos con espanto, a medida que los periódicos, las radios y las televisiones van sacando a la luz más detalles del suceso. Y el espectáculo de la calle Damm, porque lo que hay montado allí es un verdadero espectáculo, les confirma que lo que han visto, leído y oído no es una pesadilla. Es real. «Tengo 78 años y nunca había visto cómo se hace una noticia por la tele», sonríe Otto Schürhagl, mientras pide que le saquen una foto delante de la unidad móvil de la CNN, cuyo presentador las pasa canutas para poner cara de circunstancias y hacer su directo entre el público sin desviar la mirada de la cámara. En la mano sostiene un periódico vienés en el que se adelanta que Josef Fritzl había montado en el sótano un dispositivo para gasear a sus prisioneros por si alguno de ellos intentaba escapar.

Fotos

Otto explica que sabe ruso e inglés porque de niño, al terminar la Segunda Guerra Mundial, iba a pedirles comida a los soldados. «No me quedó más remedio», dice. Acto seguido, pide que le hagan otra foto frente a los policías que custodian el portalón del jardín, y, cuando se asegura de que la toma es buena, se dirige a la avenida Ybss, donde está el portal de entrada al edificio.

Allí, en la última etapa de la ruta turística del horror, alguien ha tapado con papel los nombres de todos los vecinos del número 40 en los buzones de correos y en los timbres del portero automático. Salvo en los de los Fritzl, cuyo apellido sigue escrito en negro desgastado.

Con otra docena de personas, Otto espera paciente su turno para fisgonear en el buzón del monstruo: «Cuando lo cuente en Viena no se lo van a creer».