Los taxistas en Tokyo no son como los taxistas en otras ciudades. Los taxistas de Tokyo calzan guantes blancos en la mano como señal de limpieza y de respeto al cliente. El mismo recorrido, pongamos de la avenida del Ejército de Tokyo a la Dársena de Tokyo, siempre cuesta los mismos yenes. Todos los taxistas se guían por un gps porque, como ya conté, la ciudad es un laberinto que nació como defensa ante las invasiones bárbaras. El señor Nishimura conduce desde hace 20 años un taxi de color verde. Dice que sin el gps no podría trabajar, porque es incapaz de saber por dónde meterse. Nishimura no conoce su propia ciudad. Si te pierdes en Tokyo lo tienes un poco crudo, como el sushi de los restaurantes. En el metro, la perdición es total. Lo mejor es guardar la calma. Los vecinos de Tokyo no son como los vecinos (como algunos vecinos) de otras ciudades. Pregunta en Tokyo cómo se va a tal sitio y el vecino de Tokyo te acompañará hasta encontrar un plano para indicarte qué tienes que hacer. Si el vecino de Tokyo se dirigía al trabajo o a una fiesta, aplaza sus durante unos minutos para ayudarte. Al preguntar a un vecino de Tokyo es bueno hacer una reverencia. Se les ablanda el corazón y te echan un cable. Son tan amables que uno siente incluso vergüenza. Había leído que a los vecinos de Tokyo no les gustan los occidentales otro día hablaré de lo que nos les gusta- pero cuando un occidental necesita ayuda la recibe. El metro de Tokyo es la broma pesada mejor planeada para un extranjero. Es como una lombriz que se retuerce al meterla en el anzuelo. Además, las líneas pertenecen a distintas empresas, y si te equivocas de tienes que volver para atrás, sacar otro billete, que cuesta unos 160 yenes (150 de las antiguas pesetas)... Los japoneses son sintoístas, tienen 8 millones de dioses. Adoran a una piedra, a una cascada, pero dudo mucho que adoren a un vagón de metro. En invierno, cuenta Yoko, la intérprete que pasó sus mejores años en un colegio mayor en Madrid, en el suburbano hay empujadores y sacadores, voluntarios universitarios que arrancan a los viajeros de los vagones, o los empujan para que puedan entrar en ellos. También en invierno se habilita el primer vagón para las mujeres, porque a los varones de Tokyo les gusta hacer manitas sin pedir permiso. Así está el transporte en esta ciudad de doce millones de habitantes, no con muchos atascos, pero con unas calles imposibles de memorizar, donde un paso de peatones, el de la zona comercial de Shibuya, que protagoniza varias escenas de la película , de Sofia Coppola, puede ser pisado por varios cientos de miles de personas en un solo día. Cerca, en el hotel Parfk Hyatt Tokyo hay que subir, en ascensor, 52 plantas, hasta llegar al New York Bar, donde Bill Murray y Scarlett Johanson se tomaron unos güisquis, a unos 1.600 yenes la copa, por cierto.
Posdata: En otra crónica hablé de los wáteres inteligentes, que mantienen a alta temperatura la tapa y disponen de un sistema de chorros para el usuario. No sólo están en los hoteles. Están en todas los hogares. Y no son mera decoración, ya me entienden. Uno normalito ronda los 70.000 yenes.