El accidente del Prestige fue una de las mayores catástrofes medioambientales registradas en Europa. En noviembre del 2002 un fuerte temporal empujó al buque, con problemas de máquina, hasta la costa gallega. Los remolcadores lograron evitar que la nave llegara a las rocas y comenzó una maniobra que, unos días después, culminaría con el hundimiento del buque en alta mar y el derramamiento de casi 65.000 toneladas de fuel. Poco a poco llegaba al litoral, tiñéndolo de negro, especialmente la Costa da Morte, pero también las Rías Baixas y, en menor medida, el litoral norte. El mar esparció la mancha, que llegó a Portugal y a Francia.
El desastre obligó al amarre, durante meses, de buena parte de la flota pesquera. Cientos de mariscadores se quedaron en sus casas ante la prohibición de trabajar en los arenales. Al daño económico se sumó el medioambiental. Fueron necesarios años para limpiar las playas y las rocas. Todavía hoy afloran, en ocasiones, pequeñas porciones del fuel del Prestige que manchan arenales como el de O Rostro, en Fisterra. Decenas de miles de voluntarios participaron en las tareas.
La investigación para determinar responsabilidades se puso en marcha en el juzgado de Corcubión. El Prestige era un petrolero monocasco obsoleto propiedad de un complejo y nebuloso entramado empresarial. Fue necesario realizar investigaciones en Grecia para dar con los propietarios, las navieras Mare Shipping y Universe Maritime.
Tras ocho años de trabajos, las piezas del rompecabezas están claras y las acusaciones, cerradas. Ahora le toca a la Audiencia Provincial de A Coruña decidir quién fue el responsable del desastre y, sobre todo, quién pagará la factura de los daños y de la limpieza del fuel que expulsó el petrolero.