El lugar en el que se asienta un diseño arquitectónico suele ser el 60% de un proyecto. En Muxía, «mucho más». Tanto, que el espacio en pendiente y terrazas de Lourido, hacia la playa, con unas vistas privilegiadas, es tan o más protagonista que el propio edificio. El arquitecto Alfonso Penela, más que dar cifras sobre el futuro gran hotel (los 16.000 metros cuadrados, las 90 habitaciones, el spa , la piscina), ofreció la letra de lo que va a hacer. Y lo hizo con maestría: la aridez que se presuponía al explicar planos y pliegues fue en realidad un camino hipnótico en el que todo cobraba sentido. Las luces de la sala apagadas, la pantalla grande, el verbo claro y todo el mundo atento. Y así se supo que la construcción protegerá y dará valor al lugar, que se respetarán los caminos, los muros y la vegetación -«El jardín ya está», dijo-. Se mantendrán los límites del terreno y muchos elementos llegarán ya fabricados, para evitar la rudeza de la obra sobre el terreno. El visitante llegará a una gran recepción cubierta tras dejar el coche en el subterráneo.
El parador se acoplará a la naturaleza. Reinará el silencio. «Existirá sin existir. Cerca del 75% no se va a ver, pero está». Mirará al mar, «pero no solo al mar». Tendrá una planta, aunque numerosos espacios, en descenso, como las terrazas ya creadas por los agricultores. Grandes ventanales en las habitaciones, cubiertas de capa vegetal, tendrán en frente el océano... Y todo eso gustó.