«Se as cousas non cambian no verán, marcho para Zúrich»

La Voz

GALICIA

Cada uno tiene sus motivos para tratar de marcharse a Suiza o para volver. El caso de Marcos Marta Valencia, de Arteixo, puede considerarse en la mitad de ambos. Y lo está porque nació en Zúrich hace 25 años, pero se vino para Galicia a los siete. Algún contacto aún mantiene, pero ya lejano, igual que los recuerdos.

Aun así, se agarra a ese nexo: «Se as cousas non cambian durante o verán, marcho para Zúrich», avisa. Ha hablado con una amiga que vive en la ciudad suiza y le ha expuesto sus intenciones. Marcos está en el paro y no encuentra nada. Dice que le da igual lo que pueda encontrar allá, «o que haxa», que lo que quiere es trabajar. Puestos a soñar, «o ideal sería para unha das empresas do Estado», por ejemplo en las de limpieza, pero reconoce que es muy difícil.

El idioma alemán, al que tendrá que enfrentarse, no le da miedo. Sabe algunas palabras sueltas y se defiende un poco en italiano (también se usa) y mejor en inglés. La vida laboral de Marcos aún está empezando, y se ha cortado a la mitad por la crisis, como la de un amigo, que también sopesa el éxodo, pero hacia Alemania.

La de José Manuel Quintáns, vecino del lugar de Suxo (parroquia de San Martiño de Ozón, Muxía), no. Tiene 53 años, lleva nueve en Galicia y había pasado 25 en Suiza, cerca de Basilea. «Boto moito de menos aquilo», reconocía ayer.

«Isto é unha escravitude»

Quintáns decidió volver un día e invertir lo ahorrado en una explotación lechera. Una buena elección, aparentemente, pero que no ha salido bien. A los problemas que surgen en el día a día en una aldea ha habido que sumar los de la crisis económica y los del particular calvario que crucifica a los ganaderos. «Isto non pode ser. Érgome ás cinco e media da mañá e déitome sobre as once da noite. Traballo sen parar, e non me chegan os cartos a fin de mes. Isto é unha escravitude», relata.

Con este panorama, lo tiene claro: «Quero volver a Suíza, teño contactos co ex xefe e podería atopar traballo, pero o problema é que fago agora coas vacas. Teño sesenta cabezas e non hai a quen venderllas. E se hai, páganche unha miseria por elas, moito menos do que valen realmente. E os animais teñen que comer a diario, hai que mantelos».

Tal horizonte lo lleva a lamentarse: «Terei que coller a maleta outra vez, como fixeron os meus antecesores, o meu bisavó e o meu avó».