Aunque a todas luces patente, en virtud de numerosos indicios e inquietantes desarrollos que se han producido estos últimos años en la ribera sur del Mediterráneo, solo hechos dramáticos como el secuestro de unos conciudadanos parecen incidir en la verdadera magnitud y proximidad del riesgo terrorista. Con una atención mediática y opinión pública volcadas hacia realidades más alejadas, si bien es cierto que determinantes para la evolución mundial del radicalismo islamista, como Irak, Afganistán o Pakistán, los avances del fenómeno terrorista en el Magreb y en su área desértica meridional saheliana pasan desapercibidos.
Esta suerte de laxismo entre la opinión pública contrasta con el temor de los expertos y de la inteligencia occidental, que no albergan dudas y señalan al terrorismo islamista como el mayor peligro que acecha a la región magrebí y, por proximidad y animosidad, a la vecina Europa. Y es que durante los últimos años hemos asistido a una acusada intensificación de las acciones terroristas, fundamentalmente en Argelia pero también en Mauritania y, esporádicamente, en otros países aledaños, bajo los auspicios del otrora Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC).
Esta organización, haciendo alarde de su lealtad a Bin Laden y tras los recurrentes llamamientos de su número dos, Al Zawahiri, a Abdelmalek Droubkel, principal emir del GSPC, cambió su nomenclatura el 25 de enero del 2007, convirtiéndose en Al Qaida en el Magreb Islámico (AQMI). Se consumaba el viejo anhelo de los yihadistas de establecer un mando unificado para coordinar la acción terrorista en el norte de África, en un área que va desde Libia hasta los confines mauritanos.
Esta refundación coincide con un recrudecimiento e intensificación de los atentados, que, a partir de ahora, toman un marcado carácter transnacional, dirigiéndose de forma más acentuada contra los regímenes políticos en liza -por su pretendida connivencia con Occidente y con el Gran Satán, en alusión a EE.?UU.- y contra los intereses extranjeros. Inscribiéndose en el movimiento yihadista internacional, el GSPC expresa a través de una nueva selección de objetivos y prioridades, y por la introducción de cambios en su modus operandi, una voluntad de desestabilizar al régimen argelino y de operar, al mismo tiempo, fuera de sus fronteras.
Beneficio mutuo
Ambas organizaciones, Al Qaida y el GSPC, han salido reforzadas con esta asociación. El GSPC, en plena crisis, hostigado por las fuerzas de seguridad argelinas, adquiere una cobertura internacional que facilita su acceso a nuevos recursos económicos y humanos, saliéndose de una lógica puramente argelina e inscribiéndose en la dinámica del terrorismo internacional. Por su parte, Al Qaida dispone desde ahora de una plataforma para introducirse en el Magreb y en Europa, aprovechando las redes del GSPC en el viejo continente. Además, esta franquicia magrebí podrá aportar nuevos combatientes para la primera línea del combate yihadista que actualmente se libra en frentes como los de Irak y Afganistán.
El terrorismo ha triunfado allí donde la política no ha conseguido llegar. Mientras se consuma el proyecto de los violentos a escala regional, la Unión del Magreb Árabe se mantiene estancada debido a las diferencias entre sus líderes políticos y, principalmente, a causa del conflicto del Sáhara.