Los deportistas foráneos ven en el clima el principal inconveniente para vivir en la comunidad
09 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.«Esto solo se pasa una vez en la vida». A sus 24 años, Demetress Adams atraviesa su primera experiencia profesional fuera de Estados Unidos, su país natal. Hace dos temporadas saltó desde Carolina del Sur a España para jugar al baloncesto. Aterrizó en el Cáceres de la Liga Femenina-2, el equipo que la fichó, y hoy defiende la camiseta del Celta Bosco. «Los deportistas somos conscientes de que para seguir con nuestra carrera a veces hay que salir de casa», comenta con una sonrisa que no se le borra de la cara ni un solo segundo. Ella forma parte del grupo de aproximadamente doscientos extranjeros que compiten en Galicia. Un colectivo en el que hay más de cincuenta nacionalidades y que propicia un intenso intercambio cultural tanto para los propios profesionales como para la gente que los rodea. La Voz reunió el pasado miércoles en Vigo a un representante de cada continente con el objetivo de conocer cómo viven la integración en una nueva sociedad.
Los aficionados al balonmano en España reconocerán la figura del eslovaco Pavol Polakovic, ya que ha recorrido la geografía nacional con diferentes equipos de Asobal y División de Honor. Desde el año pasado, el lateral afronta su segunda etapa en el Octavio Pilotes Posada. Asegura que el día a día aquí no es muy diferente al de su país de origen. «No noto demasiados cambios. Quizá el clima. En Eslovaquia el frío es más seco», comenta. «Pero en Vigo tengo la posibilidad de ir a la playa, que me gusta mucho», destaca en un perfecto español, con un ligero acento eslavo. Lo que más echa de menos es «la familia y los amigos». Espera reencontrarse con ellos en el próximo parón navideño.
Para Sophie Thompson, una neozelandesa de 35 años, que juega al rugbi en el Iveco es precisamente la distancia con sus allegados lo peor de haberse venido a vivir a Galicia hace 18 meses. «Para ir a casa son más de 30 horas de viaje. Si pudiese acercaría Nueva Zelanda», afirma con un gesto nostálgico, que se acentúa cuando emerge en la conversación el tema de la Navidad. «Para nosotros es un momento muy especial, porque empieza el verano y aprovechamos para ir todos juntos a la playa y a la montaña, y hacemos barbacoas con los amigos...».
Más campos de entrenamiento
Pero hay otra cosa que también añora Sophie Thompson de su lugar de procedencia y tiene que ver mucho con el deporte. Se trata de la cultura que tiene todo el mundo, jóvenes y mayores, de realizar actividades físicas. «Allí hay -señala- un montón de campos de entrenamiento y aquí no hay apenas instalaciones». Cuenta cómo su padre, «que tiene casi setenta años», sale a hacer deporte de forma habitual. «El ejercicio está enraizado en la cultura de nuestro país y aquí eso no lo percibo».
Aunque parezca mentira, lo que haría sentir al iraní Morteza Gharibloo como en casa es que el termómetro se desplomase. «Necesitaba un poco más de frío». Pero el pívot del Aldasa, una de las estrellas del equipo, ya está acostumbrado al modo de vida europeo. No en vano, antes de fichar por el conjunto vigués, ya pasó seis temporadas en Italia.
Ni siquiera la diferencia de culto religioso con la mayoría de los gallegos -él es musulmán-, le supone un impedimento para su rutina. «Lo único que no puede comer es cerdo», apuntan desde su club. «Pero -añaden- para las comidas es más complicado su compañero marroquí o el turco. Durante los desplazamientos se alimentan a base de pescado, porque la carne la tiene que matar una persona cualificada de su misma religión».
Quien ya ha demostrado una gran capacidad para la adaptación es la senegalesa Aya Traoré, que también juega en el Celta Bosco de baloncesto. Se marchó de su país a los 16 años para estudiar en Estados Unidos y después recorrió media Europa antes de terminar en España. «Es evidente que nuestras culturas son muy diferentes, pero yo me encuentro bien en Vigo». «Quizá -ríe- aquí llueve demasiado. ¡En mi país llueve todo de golpe y luego el cielo da una tregua, pero aquí hay días en que parece que nunca va a parar!». No importa de qué continente vengan, el clima húmedo de Galicia los pone de acuerdo a todos. «Sí, es cierto. Llueve muchísimo», recalca Adams. «Lo dije antes -apunta Polakovic-, en Eslovaquia hace más frío, pero es un clima más seco. Aquí todo está siempre mojado».
Sin embargo, los cinco también reconocen que no les importaría continuar viviendo en la comunidad. Aunque tienen claro que en la vida del deportista lo primordial es encontrar un buen equipo donde jugar.
«¡Aquí llueve demasiado, hay días en los que parece que nunca va a parar!»