La cara de Alemao es siempre el vivo reflejo del estado de ánimo del Lobelle. Ayer por la noche, al acabar el encuentro estaba disgustado. Lo disimuló mejor el entrenador, Tomás de Dios, quien reconoció el intenso partido planteado por los murcianos. «Hoy no entró», dijo el salmantino, quien también tuvo tiempo para reflexionar sobre la idea del Lobelle como club: «No somos grandes, pero trabajamos mucho para estar en esta final, y esperábamos estar», expresó en la rueda.
Para los que no hubo tiempo de lamentaciones fue para los que se acercaron a Segovia desde Santiago, que a pesar de la derrota seguían animando a su equipo hasta media hora después de que el árbitro pitara el final. El pabellón Perico Delgado, por tamaño y aspecto, está a medio camino entre los recintos compostelanos de Santa Isabel y Sar. Más cerca del primero que de este último. Y ayer se quedó pequeño. Se colgó el cartel de lleno después de que se vendiesen las trescientas entradas que quedaban para la jornada de semifinales.
La presencia del equipo local en el primero de los dos partidos desató la euforia en la hinchada. Y, o bien se vendieron más entradas de las que había o bien hubo algún error de cálculo con las invitaciones.
Un cuarto de hora antes del comienzo del Caja Segovia-Barcelona todavía no habían hecho acto de presencia en el pabellón los aficionados del Lobelle, más de un centenar, con su entrada sacada con antelación. Los más madrugadores se resignaron ante la evidencia de que no iban a tener sitio, al menos para ese encuentro. Pero esa resignación no fue óbice para que expresasen su indignación.
Cuando llegó el equipo santiagués, al filo de las seis y media, los jugadores tuvieron que acomodarse en las escaleras y en el túnel de vestuarios porque ni siquiera ellos tenían un espacio reservado. Cuando el balón echó a rodar las aguas se calmaron y el fútbol sala volvió a ser protagonista.