En pocos lugares los peatones esquivan el vuelo de bandadas de ciclistas. Sí sucede en Holanda, donde la bicicleta es la norma y no la excepción. Allí es donde se empieza a desenredar la madeja del Tour 2010, un país hipnotizado por el giro constante y sincronizado de dos ruedas esclavas de una cadena. El cielo para el ciclista.
En pocos lugares el infierno alfombra los suelos. Sí pasa en los adoquines de Arenberg. Donde los corredores se someten estoicamente a un incesante traqueteo de cuerpo y alma. Donde los rostros acaban bañados de polvo o barro. Donde reside el ciclismo en blanco y negro. Las grandes vueltas, a veces cautivas de las matemáticas de velocistas y las estrategias de los favoritos, quieren robarle a las carreras clásicas un poquito de su épica. Por eso el Tour de Francia ha tomado prestados trece kilómetros de pavés, abonando el terreno para la incertidumbre, sembrado quizás alguna ilustre derrota.
El pelotón de la grande boucle comienza hoy su largo viaje en la ciudad de Róterdam. Se encuentra a las puertas del cielo. Y del infierno. Lo normal. Al fin y al cabo siempre ha sido su hábitat natural.