Jugó un partido impecable, llegando a bolas imposibles, controlando al sueco y sacando bien
07 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Como si nada hubiera pasado, Rafa Nadal puso ayer toda la tierra batida a sus pies. Ganó la final de Roland Garros frente a Robin Soderling, su verdugo del año anterior, pero convirtiendo al hombre del mazo en un manso gatito. No hubo espacio ni para los nervios, ni para el pique entre dos jugadores que no simpatizan. La superioridad fue asombrosa, la propia de un pentacampeón del torneo, el gran mosquetero del siglo XXI, un chaval dispuesto a comerse el mundo en cada partido. Venció por 6-4, 6-2 y 6-4 al rival que más dio la cara en el torneo, y que había apeado a Roger Federer en cuartos. Debate resuelto, el mallorquín sigue siendo el rey, amén de recuperar el número uno mundial.
Cerebral para analizar los partidos, Nadal dio la víspera las claves para atrapar al leñador de Tibro: «Mi trabajo es jugar lo más largo posible y hacerle correr lo máximo. Se puede jugar largo, alto y a los lados. La teoría es simple. Luego, en la práctica, se complica». Y el guión respondió en gran medida a lo diseñado. Nadal jugó un partido casi perfecto. Creó casi un homenaje a todas sus señas de identidad. Las que le llevaron a explotar siendo casi un niño. Las de su indestructible capacidad de lucha para llegar a bolas imposibles y convertirlas en golpes ganadores. Y las de su reciente reinvención como jugador ofensivo desde el fondo de la pista, ayer despiadado siempre que pudo, como cuando consiguió mover al sueco a un lado y a otro de la pista. En el colmo de sus recursos, su saque liviano, lejos de la potencia de otros especialistas, hizo tanto daño como cualquiera gracias a su inteligencia y capacidad táctica.
No sufrió ni un solo momento realmente delicado Nadal desde que consiguió el primer break en el quinto juego. Soderling enviaba cañonazos de servicio -hasta a 229 kilómetros hora, el récord del torneo-, exprimía sus recursos, pero no le bastaban. El mallorquín lo anulaba con inteligencia, bolas largas, carreras imposibles y un juego dispuesto a pasar al ataque de inmediato. Ganó el primer set por 6-4 y apretó los puños y miró al cielo como si hubiera conseguido algo más que una manga. Porque era un pequeño paso dentro del partido, pero un gran salto en su carrera. Empezaba a enterrar uno de los más difíciles trances de su espectacular trayectoria.
El inicio del segundo set, todavía viva la final, ofreció un punto que retrata el partido y la piel de gran campeón del español, cuando perdía 1-0 y tenía una bola de break en contra. Corrió poseído hacia los palos que enviaba el sueco, levantó como pudo una bola complicada con su derecha, tiró un globo, defendió un smash del gigante nórdico, subió a la red y cerró el punto con una sutil volea corta de derecha. ¡Enorme! En cierto modo, ahí terminó el partido. Soderling vio que no había por donde minar al mallorquín, al que no le ganó una sola de las ocho bolas que tuvo para quebrar su servicio. A partir de ahí, Nadal voló hacia el 6-2 del segundo set y abrió el definitivo con un break . El trabajo ya estaba hecho. Mantuvo su servicio y cerró la final por 6-4.