El largo viaje de ida y vuelta a los infiernos del corredor que apuntaba a sucesor de Armstrong

Mariluz Ferreiro REDACCIÓN/LA VOZ.

DEPORTES

Ivan Basso (Gallarate, 1977) dijo una vez que viajó a los infiernos. Y con merecimiento. Pero entonces también aseguró que quería sacarse un billete de vuelta al ciclismo. Fue cuando reconoció su implicación en la operación Puerto. Cuando confesó: «Yo soy Birillo». Y Birillo era uno de los nombres que figuraban en los apuntes de Eufemiano Fuentes. El corredor admitió que no podía soportarlo más. Necesitaba confesar, liberarse de aquel lastre, de la persecución del Comité Olímpico Italiano.

La esperanza italiana

Basso era Ivan el terrible . El hombre que mataba a sus rivales en la montaña con un gesto sufriente que parecía una sonrisa. La apuesta italiana para las grandes vueltas. Ganador del Giro del 2006, llegaba al Tour de ese año como uno de los favoritos para suceder a Lance Armstrong en la cima de la ronda francesa después de la férrea dictadura ejercida por el estadounidense. Italia buscaba su particular ídolo y Basso ya sabía lo que era pisar el podio en los Campos Elíseos. Lo había hecho en dos ocasiones. Además, había conquistado triunfos importantes en territorio francés. El primero de ellos, dedicado a su madre, que tenía cáncer. Parecía natural que simplemente subiera a los más alto después de la retirada de Armstrong. Pero fue justo a las puertas de esa carrera cuando los corredores favoritos fueron expulsados por su relación con la operación Puerto.

Un calvario

Comenzó entonces el calvario particular de Basso. Abandonó el CSC. Fichó por el Discovery Channel, pero el cerco se estrechó y toda la presión de los organismos ciclistas y las instituciones recayó sobre el equipo del belga Johan Bruyneel.

Finalmente, tras confesar, Basso fue sancionado. Para pasar esa travesía del desierto se dedicó a su familia. A las labores humanitarias. Y a la bicicleta. Pero esta vez la bicicleta no fue su obligación. Fue su terapia para no quedarse en aquel infierno particular. Salió a correr con amigos y acumuló horas y kilómetros. Hasta que decidió volver a entrenarse en serio después de realizar pruebas físicas y comprobar que había posibilidad de regresar al pelotón profesional con un rendimiento digno.

Se preparó y fichó por el Liquigas, donde más que un equipo encontró una familia en la que apoyarse para volver. En su regreso, se encontró con muchas miradas esquivas. La de la asociación de equipos, que le plantó cara a la formación italiana por no vetar al corredor y romper con el código ético al tomar esta decisión. Y la de aquellos que defienden la suspensión a perpetuidad para castigar el dopaje, sin tener en cuenta plazos de sanciones ni confesiones.

«He pagado un precio»

«Ya he pagado un precio por lo que hice, he cumplido mi castigo y he sufrido», se defendió entonces. Se prometió reconquistar a los aficionados al ciclismo. Y encontró el mejor sitio para hacerlo. Las carreteras del Giro de Italia, la carrera del pueblo.

Aunque todavía le queda un sueño pendiente, el último paso de su reconciliación con la bicicleta: el Tour. Puede ser que Francia asista de alguna manera a la segunda resurrección de Basso.