Hace unos días recordé cuando decir en este país que el fútbol nace atrás causaba sorpresa, tanta que desató una polémica a nivel nacional en la década de los cincuenta. Los catedráticos, que ya entonces trataban de imponer sus criterios sobre el juego del balón, afirmaban que la calidad del fútbol está en el juego de ataque: ahí radica, decían, la potencia de los equipos, ignorando las virtudes del fútbol defensivo, arma muy importante cuando un equipo se enfrenta a otro superior. Los defensores del juego de ataque repetían sus discursos desde Madrid y Barcelona (sedes de los equipos más potentes, entonces y ahora). Ponían como apóstoles del fútbol que ellos pregonaban a Kubala y Di Stefano. Aquella teoría se vería todavía más reforzada cuando Pelé ganó para Brasil el Mundial 58 en Suecia. Jugar al ataque era entonces casi de obligado cumplimiento, porque no se valoraban, todavía, los sistemas defensivos, táctica empleada por Benito Díaz, entrenador de la Real Sociedad, que en aquellos años fue el primero en frenar al Madrid en su propio campo de donde en más de una ocasión regresó a San Sebastián con el empate o victoria mínima. Las críticas le llovían al tío Benito, ahora resucitado en alguna de las tertulias madrileñas sobre fútbol con la reaparición de Clemente en el banquillo del Valladolid. Por cierto, creo que Clemente lleva con los del Pisuerga cinco partidos y todavía no ha perdido ninguno. Tampoco digo que vaya a salvarlos, porque cuando llegó el Valladolid era un equipo sin pulso y ahora, cuando menos, respira...
¿A qué viene todo esto? A que repasando artículos sobre el deporte me encontré uno titulado Carácter ganador, publicado no hace mucho por Juan Fernández, profesor del INEF y dirigente de los entrenadores de balonmano, y dice: «El balonmano es un deporte que se empieza a jugar de atrás hacia delante, es decir, la fase defensiva es determinante». Afirmaciones que valen perfectamente para el fútbol.