Pobre imagen la que el Breogán ofreció anoche en el Santiago Martín. Los lucenses, a pesar de que dibujaron varios trazos para la esperanza en la primera mitad, acabaron hundiéndose en un partido que se les hizo eterno. El Tenerife, que sólo se jugaba la honrilla de dar una alegría a su afición, se aprovechó de sus virtudes, y de la nula capacidad de corrección que ofreció el banquillo visitante, para darse un festín de despedida de la temporada. Boccia se convirtió en un castigador para una defensa gallega casi inexistente.
A pesar de que los lucenses dominaron los dos primeros cuartos, la irregularidad, acompañada por inquietantes dosis de inconsistencia, impidió al Breogán escaparse de un rival que marcó un ritmo al trantrán , sin prisa pero sin pausa. Las decisiones del técnico visitante, que sentó a Ordín y Adrien cuando mejor se encontraban, supusieron una inestimable colaboración para el Tenerife, que tomó oxígeno poco antes del descanso, después de que los gallegos hubiesen llegado a adquirir una ventaja de hasta siete puntos.
Pero todo cambió después del intermedio. El Tenerife siguió a lo suyo, sin perder la calma ni en medio de los arreones de los gallegos. Mientras tanto, el Breogán ofreció una mezcla de ansiedad y de pobreza ofensiva que facilitó que los locales tejiesen ventajas que rozaron los diez puntos. Pero el postrero acierto de los lucenses desde la larga distancia en el tramo final del tercer cuarto evitó que los de Iván Déniz rompiesen el partido.
A pesar de que los gallegos aún estaban vivos, el panorama había mudado diametralmente. Los tinerfeños se hicieron dueños del rebote e impusieron su orden ante un rival caótico e individualista en casi todas sus acciones. Boccia hizo valer su superioridad física en el poste bajo para generar constantes ventajas que jamás pudieron ser neutralizadas por un inoperante banquillo celeste. Y, para rematar la faena, a la buena labor de Roe se unió la paciencia de los canarios para encontrar los lanzamientos en solitario de Iván Rodríguez y Sergio Pérez.
El conjunto visitante se diluyó por completo en el desenlace. Con la batalla perdida, recurrió a un juego completamente individualista que, como mal menor, le permitió maquillar el resultado.