El Éibar, segundo clasificado, tuvo que echar mano de su oficio y su físico, pero solo celebró un autogol de Dopico
08 feb 2010 . Actualizado a las 12:02 h.Mal acostumbrada tiene el Montañeros a su parroquia. Dos únicas derrotas en dieciséis jornadas de Liga es un argumento estadístico que soporta todo el peso del ascenso a Segunda División. No en vano, el equipo coruñés es el quinto clasificado, empatado a puntos con el cuarto (el Lugo) y a dos del tercero (el Palencia, a quien visitará dentro de cinco jornadas). Ayer, en el exilio de O Roxo, los de José Ramón maduraron un poco más ante un Éibar que vendió caro el empate (1-1).
El segundo clasificado llegaba a Galicia sin conocer la derrota en lo que va de año. Solo cuatro tropiezos en total, el último hace tres meses. Pero los de José Ramón, plenos de personalidad, no toman en cuenta estos detalles más de lo necesario. Y, ante un equipo experimentado y aguerrido, acariciaron el balón como suelen hasta alcanzar la velocidad de crucero. Antes del cuarto de hora, el marcador del campo de O Roxo ya era favorable gracias al acierto de Rubén Pardo, que supo aprovechar un pase de Moisés Pereiro. Es decir, lo de casi siempre.
El candidato oficial al ascenso no se dejó meter mano por el aspirante, pero el partido se le complicaba al Éibar. A los pocos minutos, una desafortunada jugada iniciada a balón parado por Sutil acabó con gol en propia puerta de Dopico.
Esto dio alas al Éibar, que a base de insistencia se hizo con el control. Sin embargo, el Montañeros supo nadar y guardar la ropa. El empate vale por un sueño y los coruñeses arroparon a su guardameta Diego (ayer, notable) con el premio añadido de un par de ocasiones claras de gol.
Todavía se guardaban una versión táctica los locales. Aquella en la que ceden el balón para castigar al contragolpe. También en esta faceta se mostraron fiables, aunque el marcador no se movió en toda la segunda parte. El Éibar fue mucho, pero el Montañeros supo hacer honor a su clasificación.