El horno olímpico de David Cal

Fernando Hidalgo Textos y fotos

DEPORTES

El campeón se prepara para los Juegos en un rincón solitario de Salamanca donde intenta aclimatarse al calor y donde ya sufrió una insolación durante los primeros días

06 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Al Salto de Saucelle se llega con cuidado. El último tramo del viaje hay que hacerlo por una carretera estrecha con curvas de las de veinte por hora que se dibujan a lo largo de una montaña. Allí anda David Cal, en lo que fue un pequeño poblado de los trabajadores de Iberduero que se ganaban el pan con el mantenimiento de la presa. Hoy en día es parte de un incipiente complejo hotelero formado por 37 chalecitos, un hotel de diez habitaciones y una hospedería de veintiuna. Hasta ayer, allí no hubo más inquilino que el campeón olímpico y su entrenador Suso Morlán. Ambos ocupan tres de las casitas: una para cada uno y la tercera para gimnasio y comedor.

A este lugar de Salamanca fueron los dos buscando un calor similar al que se encontrarán en Pekín. Llegaron el 21 de junio y encontraron lo que buscaban: un montón de grados centígrados y una tranquilidad que por momentos abruma.

La vida en esta zona del parque natural Arribes del Duero transcurre entre las aguas del embalse, el gimnasio y las habitaciones. No hay más. Trabajar, sufrir, pasar calor y regresar de allí en condiciones de ganar dos oros en los Juegos Olímpicos. La aclimatación al calor era imprescindible. A David Cal no le van las altas temperaturas. Pero en China es lo que hay. Es preferible perder entrenamientos de calidad y aumentar la tolerancia a la chicharra que ganar rendimiento en los entrenamientos, llegar a Pekín y darse contra un muro de 40 grados. David ya comprobó la dureza del calor del Saucelle. A los pocos días sufrió una insolación. Se bajó de la piragua con mala cara. Había estado trabajando a 39 grados. Estaba cansado, con el cuerpo revuelto. Horas después tenía más de 39 de fiebre. «Estaba roto», dice su técnico. Tuvo que parar. Pero se recuperó pronto y vuelta al agua, y al gimnasio, al rodillo, al canoaergómetro, las pesas y las flexiones, lo que toque.

Entrenamientos

Los entrenamientos en el embalse son auténticas competiciones contra el reloj. Por ejemplo, el pasado jueves Suso Morlán dio las directrices a su pupilo. Le transmite que van a competir contra un entrenamiento realizado en Verducido en el mes de junio. Se trata de mejorar los tiempos hechos entonces en el embalse pontevedrés. Harán cinco series divididas a su vez en tres de doscientos. Cada una de ellas resulta un espectáculo: «Seis, cinco frecuencia. Ahí, ahí.... seis, cuatro... cuarenta segundos. ¡Buena! No te fíes mucho». David va pulverizando los tiempos de Pontevedra con un grupo de cinco águilas como espectadoras incondicionales. Merodean una y otra vez la canoa del campeón, pero manteniendo distancias. «Vamos, David, adelante. Seis, siete frecuencia. A esa velocidad salen todas las series seguro. El primer paso es bueno. Toca pelear ¡eh!...». David acumula cansancio, pero los buenos resultados le satisfacen. Impresiona cada vez que arranca. Allí, en el agua, transmite una sensación de gran velocidad. «En su pico más alto puede ir a 17 por hora», dice el entrenador. Llega la última tanda, las águilas siguen controlando, pero entonces surge el viento frontal. «¡Suso, hay viento en contra!». Morlán advierte de que no podrá mantener los tiempos. Y empieza la última tanda. La frecuencia de palada es excelente, pero el aire es cruel, frena a David y le empeora los registros. «No pasa nada, lo hiciste bien», anima el entrenador.

Toca retirada. El ritual de siempre. Salir del agua, recoger la canoa, los bártulos y al gimnasio.

El día está en unos 32 grados. El silencio es inquietante. Hasta que un motor de casi seiscientos caballos atruena la montaña. El ruido se acerca a gran velocidad. Un espectacular Lamborghini Gallardo Superleggera irrumpe en el poblado. Es Nelo, el fabricante de piraguas portugués que hizo el barco a David. Viene a comer con ellos, a saludarlos y comentar un par de asuntos sobre la canoa. Se nota que hay buen rollo. Nelo se ha metido dos horas y media de carretera y se volverá a meter otro tanto en cuanto coma. «¿Has aprendido ya a remar?», bromea el portugués. «Ando en ello», dice el gallego.

Comidas

Allí atiende a la concurrencia Adolfo, cocinero del lugar que actúa como si estuvieran en un restaurante. Vestido de gala exhibe su maña en los fogones. Acaba la comida (espaguetis, carne y melón). Y Nelo, como vino, se va. El Lamborghini revienta la montaña de nuevo y vuelve el silencio, la paz, el descanso, mucho descanso, mucha paz: «Esto es más duro de lo que parece. No hay nada que hacer, solo trabajar y descansar. Creo que David se merece recompensa», dice el entrenador.

Pero David lleva el asunto con la dignidad de siempre. Tal vez porque sabe que las medallas olímpicas se cuecen a fuego lento, con sudor y trabajo.