Aún no se apagaron los ecos de ese excepcional Liverpool-Arsenal (4-2) que entusiasmó al respetable que lo señala como el mejor y más apasionante partido de fútbol de los celebrados últimamente. Fue el más visto en el mundo entre los disputados por equipos (no selecciones) sin que la diferencia horaria apartara a lo aficionados de la televisión.
La primera impresión, tras escuchar el pitido final del árbitro, fue de sorpresa por el inexplicable descuido del Arsenal que, tras conseguir igualar el marcador que le clasificaba, no cerró con toda clase de recursos el camino hacia su área, en donde surgió el penalti que resucitó a un Liverpool que estaba eliminado, desatando la locura jubilosa en los cuarenta y cinco mil hinchas que llenaban Anfield.
La segunda reflexión dice que el k.o. sufrido por el Arsenal lo hubiese evitado, casi con seguridad, un equipo italiano (el Milan o la Juve) por sus recursos, dominio y experiencia para seguir tras verse ahogado y volviendo a tener la clasificación en su mano. Lo sucedido parece increíble, pero estos giros se dan muchas veces en los partidos. Afortunadamente, engrandecen el fútbol.