En su edificio, en la calle o en la tienda pensaban que era un matrimonio ejemplar. Siempre paseaban cogidos de la mano y en su piso jamás se escuchó un grito. Pero de puertas adentro, según confesó ayer María Teresa Sola, la relación «era insufrible» porque, entre otras cosas, Miguel Ángel Vilar «era un chulo».
El miércoles por la noche tuvieron otra discusión y la mujer cogió una pesa y le asestó un golpe mortal en la cabeza. Tres horas después, acompañada por su única hija, se entregó a la policía. Ayer por la mañana, tras reconocer los hechos ante la titular del Juzgado de Instrucción número 5 de A Coruña, fue enviada a prisión. A sus 57 años.
María Teresa Sola Rodríguez, muy tranquila, compareció ante la jueza tras pasar la noche en los calabozos del cuartel policial. Durante casi dos horas le explicó lo duro que resultaba convivir con su marido, sobre todo después de que este se jubilase. Era marinero y pasaba largas temporadas en el mar. En cuanto regresó a casa, la relación fue minándose hasta el punto de que los últimos meses «fueron un infierno». Ya ante los investigadores había reconocido el jueves que el «mal carácter» de Miguel Ángel Vilar, de 65 años, derivó hacia episodios de maltrato psíquico.
El miércoles pasó la tarde con su hija, su «gran apoyo», y por la noche se produjo una nueva discusión en el domicilio familiar, en el cuarto izquierda del número 14 de la calle Gil Vicente, en el barrio coruñés del Agra del Orzán. Y María Teresa perdió los nervios. «En aquel momento me volví como loca», aseguró la mujer. Cogió una pesa de musculación y golpeó con ella a su marido en la cabeza. No murió al instante. La homicida confesa se quedó paralizada, sin saber qué hacer, con el cuerpo del hombre tendido en el suelo de la habitación matrimonial. Tardó un tiempo en llamar a su hija, pero finalmente se lo contó y juntas acudieron a comisaría, donde se entregó tras confesar que había matado a su marido.
Durante esas tres horas que pasaron entre el golpe mortal y su declaración a la policía, por la cabeza de María Teresa pasó de todo. Concibió incluso la posibilidad de quitarse la vida, pero al final pensó en su hija y optó por llamarla.
«Ya no había cariño»
En comisaría relató que entre ella y Miguel Ángel Vilar «ya no había cariño». Aseguró que la trataba con desprecio y que le faltaba continuamente al respeto, tanto a ella como a su hija. Nunca le puso la mano encima, declaró, pero sus gestos y palabras «eran mucho peores que una bofetada».
Tras su declaración judicial, la magistrada decretó el ingreso en prisión. Llegó a la cárcel de Teixeiro a primera hora de la tarde, donde fue examinada por un médico. Tal era su estado de tranquilidad, que los responsables de instituciones penitencias, a instancias del doctor, decidieron ingresarla ya en una celda del módulo 10, que comparte con otra reclusa. Esto es lo contrario de lo que sucede en la mayoría de los casos, ya sean hombres o mujeres. Los presos pasan una temporada en la enfermería, siguiendo el protocolo de prevención de suicidios. Pero con María Teresa no hizo falta. «Llegó muy tranquila, muy centrada», destacaron.