Cuando las ayudas no llegan, la mente de quien cuida un anciano no solo debe estar aguda para recordar la dosis de medicamentos que debe suministrar y las horas del día a las que toca cambiar pañales o dar comidas. Juan, sobrino de los ancianos Josefa y Constante, ha tenido que darle vueltas y vueltas a la cabeza hasta que, con sus herramientas, fue capaz de construir aparatos para paliar la falta de agilidad de los mayores. Su habilidad con poleas, maderas, cables y cuerdas es tal que algunos de los artefactos son dignos de estar en cualquier centro de día para personas dependientes que se precie.
La primera muestra de su ingenio está en la cocina. Casi en el techo, hay una especie de tabla con unas cuerdas y unos mangos de acero para que tanto Josefa como Constante puedan ejercitar sus brazos. «É como se fose un ximnasio, e vénlles moi ben porque os dous teñen problemas de axilidade», señala el cuidador.
Sin embargo, la obra maestra está en la habitación. Difícil es explicar con palabras lo que se ve colgado del techo. Juan construyó una especie de elevador para poder trasladar a los ancianos de una silla de ruedas a la cama sin tener que cogerlos al peso. El artilugio hasta incluye una especie de arneses para velar por la seguridad. Ahora, ni Josefa ni Constante necesitan este aparato porque, a trancas y barrancas, llegan hasta la cama. Sin embargo, la mujer fallecida hace meses lo había utilizado durante años.
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