ntimamente se consideraba un tipo normal, suponiendo que esa caracterización sea precisa. Es más, se juzgaba, siquiera ocasionalmente, vulgar y anodino, y hasta prospectó la hipótesis de que se habría encontrado a gusto de ese modo. Pero era consciente de que siempre, de manera paulatina pero inevitable, acabamos pareciéndonos a aquel por quien nos habían tomado; algo así como los canes y sus dueños. No tenía más que revisar su propia vida, echar la vista atrás y reparar en sus viejos compas de clase en la adolescencia. Unos, pocos, eso sí, eran los empollones porque el resto así lo creía, por lo mismo que alguno era el tonto del grupo, el pandote de los recreos (el caso más evidente de papel impuesto contra la voluntad), o el gracioso al que se le reían las ocurrencias que a otros se pasaban por alto. Más tarde, alguno de sus amigos se había erigido en padre ejemplar: ese era el papel que tenía reservado en la comedia; similar situación la que vivía el tarambana, empujado a crápula por el coro. Todo eso estaba sabido. La cuestión era determinar de dónde había nacido el rol, quién de su entorno había teledirigido la partida, y, sobre todo, si esa bola de nieve había sido empujada a rodar de manera consciente o no. Si antes de fraguar hasta convertirse en una chaqueta metálica había nacido en el magín de alguien que desencadenase la telequinesia. Le urgía saberlo, porque por más que se miraba en el espejo no lograba entender qué pintaba él en medio de una candidatura a las municipales.
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