Juan Estévez, uno de los obreros anónimos que vivió en primera persona el 10 de Marzo del 72, asegura que aquellos «fueron los días que más miedo» pasó de su vida
Han pasado ya casi cuarenta años, 38 para ser exactos, pero su narrativa de los hechos, los que sucedieron el 10 de Marzo del 72, evidencia que fueron unos acontecimientos marcados a fuego en su memoria. Su relato, lejos de presentar lagunas propias del paso del tiempo, es fresco y duro a la vez, pero no deja indiferente. «Fue uno de los días que más miedo pasé en mi vida», afirma Juan Estévez Otero, una de las 6.000 almas que, pertenecientes a la plantilla de la Bazán, peleaban por mejoras en su convenio colectivo, conscientes de que también estaban dando la batalla por la democracia.
Juan sostiene que nadie presagiaba cuando comenzó la jornada del 10 de marzo de 1972 los acontecimientos que después se desencadenarían. «Esperábamos un día de huelga más. Recuerdo que nos fuimos para As Pías y nadie contaba lo que allí pasó. No sé si los policías se pusieron nerviosos, si hubo una mala orden o qué pasó», evoca, aunque fue tras el estallido de violencia en el Pilar, una carga en la que fallecieron Amador Rey y Daniel Niebla, cuando percibió la gravedad de la situación, cuando corrían hacia la carretera de Castilla.
Entonces tenía 24 años, trabajaba en el taller de soldadores del astillero, y ya estaba casado y con dos hijas. Iba en un grupo con otros tres compañeros más cuando uno de ellos les dijo que le parecía que le habían dado con una bala de goma en una nalga. «Entonces le vimos la sangre y nos dimos cuenta de que disparaban balas de verdad», explica. En medio del caos llevaron a su compañero herido al hospital de San Javier, en la plaza de España, pero recuerda que muchos de los tiroteados «se curaron en practicantes particulares por miedo a las represalias».
«El miedo de verdad vino después de que se acabó todo. Sentías coraje, rabia, impotencia y mucha incertidumbre porque no sabías lo que podía pasar después», afirma, recordando la sensación de incredulidad de los obreros sobre lo que acaban de protagonizar.
Juan acudió al hospital de San Javier a donar sangre, ya que, aunque no sabía el número real de heridos, había visto en la manifestación a muchos ensangrentados. «Hubo dos muertos pero pudo haber cincuenta», afirma y añade: «A dos se los llevaron para A Coruña con heridas de bala en el pecho; también vi a otros con heridas en el cuello, en los brazos, en todas partes». Las horas y los días posteriores a la carga estuvieron cargados de tensión. «No dormía nada. Pensabas si te llevarían preso, si te despedirían..», relata Juan, quien admitía que su afiliación a CC.?OO. suponía a mayores un riesgo añadido.
Durante las dos siguientes semanas, el astillero ferrolano estuvo cerrado. El miedo continuaba y además al temor se sumó el agravio económico que supuso para los obreros dejar de cobrar esas dos semanas. Pero después «hubo suerte y nos llamaron a todos. Algunos volvieron ocultando las heridas, porque tenían miedo a ser despedidos».
Pese a los malos momentos vividos, considera que esa lucha es una de las aportaciones del movimiento obrero ferrolano a la democracia.
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