La montañera viguesa es la primera española que pisa el Polo Sur después de 59 días caminando en solitario 1.200 kilómetros
«¡Que ya llegué! ¡Llegué! ¡Llegué!». Son las primeras palabras que pronunció la alpinista y concejala de Medio Ambiente viguesa al otro lado del teléfono y al otro lado del planeta. En concreto en el paralelo 90. El sueño de alcanzar a pie y en solitario el Polo Sur se había cumplido cuando el reloj estaba a punto de marcar las diez y media de la mañana (hora local). Luego vino un incontenible llanto de alegría y una telegráfica crónica de urgencia -«estoy al pie de la tienda de víveres de ALE, así es que lo primero que voy a hacer es comer algo»- que se cortó enseguida, justo después de que prometiera volver a comunicarse.
Desde ese instante, en Vigo los minutos empezaron a hacerse eternos. Unas horas después, tras una mínima carga de baterías, fue posible hablar de nuevo con Chus Lago. Esta vez un poco más, pero pocos porque las baterías de su teléfono están viciadas y se agotan rápido.
Necesariamente, la conversación tiene que ser apresurada: «Hay un sol alucinante, pero hace un frío de carallo. Me duele la cara del frío que hace. El cielo está completamente despejado». Cuenta también que lo primero que vio cuando tuvo a tiro de piedra la base de Admunsen-Scott o, lo que es lo mismo, el aval visible más allá del GPS de que estaba a punto de pisar el Polo Sur, fueron unas máquinas quitanieves. «A medida que me iba acercando, iba intuyendo su movimiento. De pronto de una de aquellas máquinas bajó una mujer que se acercó a darme la bienvenida. Esta hizo una llamada a través de su walkie-talkie y enseguida, detrás de un abrigado anorak y un pasamontañas apareció una segunda mujer. ¡Tres mujeres en el Polo! Fue estupendo», relató.
Las quitanieves en cuestión son las que reorganizan la nieve en la base en forma de ventisqueros para proteger las tiendas de campaña. También son las que mantienen operativa la pista en la que aterrizan las avionetas de esquís, una de las cuales se encargará de devolverla mañana, a lo sumo pasado, a la base de Patriot Hills de regreso a casa.
También tuvo tiempo en esa segunda conversación de contar que una vez que traspasó la lona de la gran tienda de aprovisionamiento de víveres ALE (Antartic Logistic Expedition) se lanzó «en picado a los bizcochos de chocolate y, sobre todo, al café calentito».
La tienda en cuestión cuenta con unas mínimas instalaciones (baños, botiquín, alimentos...) para los civiles que llegan al Polo Sur. Está pegada a la base americana, un edificio permanente recientemente reconstruido abierto seis meses al año, en el que la montañera viguesa pensaba ayer pasar la noche. Antes de acceder a él tuvo que esperar varias horas, debido a los rígidos protocolos antárticos. «¡Por fin una ducha y una litera!».
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