La marca blanca -también denominada patente de distribuidor- es el distintivo que emplean las cadenas comerciales del ámbito de la alimentación para ofertar productos propios a los potenciales clientes, generándose así un proceso de fidelización. Pues bien, esta modalidad de ventas representa una parte muy importante de los ingresos anuales de los grandes grupos empresariales de la comarca.
A diferencia de lo que ocurría antaño, ahora el objetivo de las compañías de la zona es garantizarse un stock de latas de conservas al año, a precios inferiores a los que aplicaría el propio fabricante con su marca, para atender a las grandes superficies. En definitiva, se trata de producir ingentes cantidades en poco tiempo.
Las políticas de innovación y desarrollo de las firmas locales están encaminadas, única y exclusivamente, a mejorar la tecnología que se emplea en el proceso productivo con la finalidad de ganar en eficiencia. Esta decisión viene motivada, en parte, por la competencia procedente de los países emergentes, que ofrecen una materia prima que las factorías ubicadas en el tercer mundo elaboran con menores costes de producción, aprovechando los bajos salarios con los que operan.