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El hombre que coleccionaba piedras

Luigi Lineri

El hombre que coleccionaba piedras

El italiano Luigi Lineri acumula millones de guijarros desde hace sesenta años. Es su propuesta artística y vital: 'la búsqueda'.

Viernes, 05 de Abril 2024

Tiempo de lectura: 4 min

Las piedras hablan». A Luigi Lineri le hablan. Lleva sesenta años en una larga conversación con ellas. Cada día camina por las orillas del río Adigio y por las montañas de Lessinia, en Verona, y busca guijarros que le 'digan' algo, por su forma, su textura, su 'sonido'. Y los guarda y los clasifica según su forma. Tiene millones de piedras en su taller. Son la base de su proyecto La ricerca ('La búsqueda'), nombre que también da título al documental que cuenta su particular odisea.

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Luigi busca. A sus 85 años, Lineri sigue saliendo a recoger piedras todos los días. Para él, es una 'conversación' intemporal, eterna.

Y es que el coleccionismo de Lineri podría parecer un trastorno de Diógenes, pero es una propuesta artística, casi metafísica. Nacido en 1937 en Albaro di Ronco all'Adige (Verona, Italia), fue el tercero de doce hermanos. Su padre era sacristán y él pasó su infancia interno en un colegio en las montañas. Cuando regresó a casa, sintió una especial afinidad por su abuela, analfabeta, pero depositaria de los valores rurales tradicionales. A los 20 años comenzó a escribir poesía y a trabajar en artes plásticas. Recibió varios premios nacionales de poesía, y sus pinturas y cerámicas fueron expuestas en el Museo del Art Brut de Lausana (Suiza). En 1963 comenzó a coleccionar guijarros con formas humanas y animales, que le recordaban a las esculturas prehistóricas.

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Piedras parlantes. En su taller, se acumulan cientos de miles, quizá millones, de piedras, pero ninguna que él no haya tocado, escrutado y asignado un espacio y una compañía.

Las piedras se convirtieron así en un instrumento para investigar la naturaleza humana más profunda. Lineri no se ha ganado la vida con esto, claro. Casado y con dos hijas, trabajó como zapatero y luego como auxiliar sanitario, pero desde hace años –tiene 85– se dedica ya solo a su colección, una obra interminable. El director del documental, Giuseppe Petruzzellis, cuenta que conoció a Lineri en 2015. «Aquel encuentro encendió una chispa y una larga serie de preguntas. La obra maestra de Luigi es una herramienta formidable para investigar temas universales».

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Piedras que miran. Lineri comenta que son muchas las rocas que recuerdan al rostro humano, quizá porque uno repara más en lo afín, en algo reconocible. También abundan las que asemejan a los órganos sexuales masculinos y femeninos, algo muy propio de la imaginería prehistórica.

Para algunos, Linieri es un loco; para otros, un místico. Sin duda, es un artista excéntrico y él mismo reconoce que su relación con las piedras es «algo obsesivo», pero, explica, ha sido una especie de enamoramiento progresivo. «Es como absorber un veneno en pequeñas dosis y lentamente; se acaba convirtiendo en algo inocuo, no te envenena porque lo dominas».

El 'encantamiento' comenzó el 1 de mayo de 1963, recuerda Luigi, cuando en sus paseos por los alrededores de su casa cogió una piedra y sintió que «hace miles de años, un hombre sostuvo esa misma piedra».

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Seres vivientes. Algunas piedras, como esta con forma de pez, son de una excepcional belleza, con formas que realmente parece figuras animadas.

A partir de ahí, Luigi devino en una especie de antropólogo de la piedra, intentando crear un 'lenguaje' con ellas, establecer un posible orden que le permitiese escrutar el caos.

Al principio, catalogaba según la forma, guijarros que le recordaban animales, órganos humanos... Lo hacía en invierno, cuando el mal tiempo no le permitían pasear por las montañas. «Y así es como aprendes una lengua; lentamente, en mi mente se formaba un vocabulario».

Aprender a leer las piedras

Cabezas que hablan desde el más allá.

Hendiduras de una geografía afectiva.

La sexualidad omnipresente y reproductiva.

El significado está en la mirada.

Caminantes de un tiempo pasado.

«Juntas cien piedras que recuerdan el rostro humano, otras cien que recuerdan el cuerpo de una mujer embarazada... pones ese volumen de piedras similares juntas y ahí tienes algo: vas creando un alfabeto. Luego un verso. Si apilas piedras con la misma forma, vas construyendo un poema». Luigi habla con entusiasmo de su proyecto, pero con una calma fascinante.

«He visto a gente llorar y he visto a gente huir cuando entra en el taller», cuenta. Sea lo que sea, lo que hay en ese espacio, dice, es profundo y emocionante.

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Catedral de piedras. Una parte de su taller recuerda a los visitantes a una catedral. Muchos se emocionan ante el cúmulo de piedras. Hay quien dice que emiten un cierto sonido, como un lejano oleaje del mar.

Luigi se remite al origen de las piedras como ídolos, como monumentos espirituales que nuestros ancestros ponían de pie para dirigirse a 'lo desconocido'. «Hay que saber leer las piedras», dice.

Y es imposible no emocionarse con él cuando reflexiona sobre «aquel hombre prehistórico que, con las piedras, busca comprender aquello que no comprende, se adentra en el misterio de la vida». A Lineri incluso se le caen las lágrimas: «El primer hombre que se puso a pensar, pensaba como yo. No hemos avanzado nada».

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