En Lausana, un equipo de neurocientíficos está implantando en el cerebro de los parapléjicos chips que se conectan a unos electrodos en su médula espinal y les permiten dar unos primeros pasos. Es solo el comienzo. Pero «está amaneciendo una nueva era», aseguran.
Johann Grolle
Viernes, 26 de abril 2024, 10:13
En sueños, Gert-Jan Oskam puede caminar. Sus piernas se mueven sin esfuerzo, por sí solas. Cuando se despierta, suele tardar un momento en reparar que su movilidad no existe. Que, por mucho que lo intente, sus piernas apenas se moverán. Una a una tiene que subirlas con las manos al reposapiés de su silla de ruedas. Oskam está parapléjico.
En Nieuwendijk, en el sur de los Países Bajos, Gert-Jan tiene una casa adaptada para personas con discapacidad y vive allí con Marley, su ... bulldog francés. En la cabeza, Oskam lleva algo que parecen dos conchas del tamaño de la palma de su mano. Son unos sensores que reciben las señales de dos chips que fueron colocados en sus meninges. Luego esta información es enviada a la médula espinal a través de su ordenador portátil. Esto hace que Oskam pueda volver a caminar: es la primera persona con paraplejia en el mundo a la que se le 'cura electrónicamente' su lesión de la médula espinal.
Sin embargo, los intentos de caminar son arduos y los avances, pequeños. Oskam lleva unos chips en su médula desde hace ocho años y le insertaron otros en su cerebro cinco años después, en 2021. Y ha trabajado mucho. A base de esfuerzo, ahora puede cruzar la habitación e incluso subir algunos escalones. Sin embargo, todavía no se atreve a andar sin ayuda.
Al comienzo tardaba más de cinco minutos en recorrer diez metros. Hoy puede recorrer esa distancia en un minuto, «cinco veces más rápido», dice con orgullo. Pero sigue siendo diez veces más lento que en una silla de ruedas.
La lesión de Oskam se encuentra en la zona inferior del cuello, a la altura de los segmentos C5 y C6 de la médula espinal. Fue el resultado de un accidente en 2011 que no recuerda. Tenía 29 años, trabajaba en China e iba en bici. Al despertar, solo le quedaba cierta movilidad en brazos y manos.
Tan pronto como pudo volver a mover un dedo, ya de vuelta en Holanda, escribió en el buscador de su ordenador: «ensayos clínicos». Se dio cuenta de que no existía tal cosa para los parapléjicos. La medicina no ofrecía cura alguna... ni esperanza.
Cinco años más tarde, la cosa cambió. Su terapeuta le habló de un grupo de investigación en Suiza. Buscaban a pacientes paralizados para implantarles electrodos en la médula. Su objetivo: estimular las células nerviosas latentes y analizar los resultados. Oskam no lo dudó: se fue a Suiza en su autocaravana.
Grégoire Courtine y Jocelyne Bloch son neuroingenieros y trabajan en el Instituto Federal Suizo de Tecnología en Lausana. Reconocen que empatizan con el excéntrico empresario Elon Musk. La empresa que fundó, Neuralink, quiere desarrollar dispositivos que comuniquen el cerebro con los ordenadores y logró generar un repentino interés internacional por la neurotecnología. «La competencia es buena», afirma Courtine. El problema es que Musk, aseguran estos dos investigadores, genera falsas expectativas. En Lausana no tratan ni de leer la mente ni de conectar el cerebro a Internet. «Solo ayudar a los parapléjicos», dice Courtine, a quien The New York Times elogió ya en 2012 por sus experimentos con ratas paralizadas a las que enseñaba a caminar de nuevo mediante estimulación eléctrica de sus células nerviosas. Por entonces, Courtine buscaba médicos dispuestos a realizar experimentos similares en personas. Y Jocelyne Bloch se apuntó. Desde entonces forman un equipo de investigación inseparable.
La paraplejia es un cuadro clínico complejo. Se lesiona la médula espinal, una parte del sistema nervioso central, que transmite órdenes del cerebro para el movimiento de las manos, los brazos, el estómago y las piernas. Si se corta la médula espinal, por ejemplo en un accidente, las células nerviosas que se encuentran más abajo de esa sección quedan aisladas del cerebro. Si la médula espinal se interrumpe en la zona de las cuatro cervicales superiores, el diafragma también se ve afectado y, a menudo, los pacientes ya no pueden respirar por sí solos. Si se dañan segmentos inferiores de la médula cervical, los brazos y las piernas pueden quedar paralizados. Si afecta a la médula espinal en la zona lumbar, los músculos de las piernas se ven afectados.
También ocurre que, en muchas fracturas, la médula espinal se lesiona, pero no llega a cortarse por completo. Dependiendo de qué fibras nerviosas queden ilesas, los efectos pueden variar drásticamente. Algunos pacientes sufren trastornos motores leves; otros quedan completamente paralizados. Estos pacientes a menudo ya no pueden controlar sus intestinos y su vejiga y, como resultado, sufren mucho.
El objetivo de los neuroingenieros es reactivar esas células nerviosas que han quedado aisladas del cerebro. Para ello, Bloch implanta tiras de electrodos de unos diez centímetros de largo sobre la médula espinal del paciente. Esas tiras se pueden controlar desde el exterior y pueden despertar a las células nerviosas, de modo que envíen de nuevo estímulos a los músculos.
Los pacientes experimentan una ligera sensación de hormigueo, pero no tienen un efecto inmediato. Lo que sigue son extenuantes semanas de entrenamiento. Los estímulos de los electrodos y las contracciones musculares deben coordinarse durante un largo periodo de tiempo. A los pacientes del experimento se los ata con cintas que cuelgan del techo y se los ayuda con andadores. Si todo va según lo previsto, tratarán de dar algunos pasos. Cada paso se controla mediante sensores infrarrojos. Cada movimiento de cadera, rodilla o tobillo, por pequeño que sea, cuenta.
El entrenamiento es duro y no siempre agradable. Lo que resulta especialmente extraño para los pacientes es que ellos mismos no controlan sus movimientos. Los electrodos están controlados por un ordenador y sus piernas se mueven como muñecos. Incluso después de meses de práctica, mantener el equilibrio es casi imposible. Esto resulta frustrante para muchos, pero, a pesar de ello, entre los investigadores de Lausana reina el optimismo. «Está amaneciendo una nueva era», asegura Courtine. Lo que importa es que, por primera vez, hay esperanzas de mejora para las personas con una lesión en la columna.
En Lausana han creado un centro de regeneración neuronal con 60 científicos. Fisiólogos, informáticos y biólogos moleculares y celulares trabajan mano a mano. Para curar la paraplejia, electrónica y biología deben unirse, dice Courtine.
En 2014 también crearon una nueva empresa: Onward Medical. Actualmente emplea a más de 100 personas. Quieren desarrollar productos electrónicos comercializables para estimular el tejido nervioso. Está previsto que el primer producto llegue al mercado este otoño: un dispositivo que puede mejorar la movilidad de los brazos de personas paralizadas. Se espera que cueste 30.000 euros.
Lograr que los lesionados vuelvan a andar perfectamente está claro que llevará tiempo, pero hay otras cosas más urgentes: poder mover mejor las manos hace mucho más fácil la vida de los pacientes. Un dedo es suficiente para utilizar un teléfono móvil o una tableta. El agarre en pinza puede significar la diferencia entre ser alimentado o comer de forma autónoma.
La empresa también ha puesto su mirada en los intestinos y la vejiga. Si esos músculos pudieran volver a ser controlados por los pacientes, sería un gran alivio: tener que pasar dos horas al día en el baño resulta humillante. Los investigadores también estudian el control de la presión arterial. Gran parte de los parapléjicos la tienen baja, lo que conlleva debilidad o desmayos. Y muchos médicos subestiman a veces cuánto puede afectar esto a la calidad de vida.
Oskam ha mejorado el control de sus movimientos desde que le hicieron dos agujeros circulares en la cráneo para insertarle los sensores, aun así el esfuerzo físico y mental sigue siendo enorme. Frustrado, se pregunta entonces si los pocos pasos que da con el andador merecen ese esfuerzo. Pero no quiere renunciar a su sueño de vivir sin silla de ruedas. Y una cosa es segura: cuando el equipo de Lausana planifique el próximo experimento, él volverá a estar disponible.
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La neurocientífica Jocelyne Bloch hizo dos agujeros circulares, de cinco centímetros de diámetro, a cada lado del cráneo de Gert-Jan Oskam en la zona donde se ubican las regiones involucradas en el control del movimiento. Luego insertó dentro del cerebro dos implantes que transmiten las señales eléctricas que genera este órgano cuando pensamos en caminar. Es decir, los implantes 'registran' las intenciones de Gert-Jan y las transfieren a dos sensores colocados en un casco.
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Esos sensores se comunican con un ordenador, que se puede llevar en una mochila. En el ordenador, un algoritmo –desarrollado expresamente por el equipo suizo– interpreta las señales cerebrales de Gert-Jan y las convierte en instrucciones para mover, a través del sistema nervioso, los músculos de las piernas y los pies.
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Esas instrucciones llegan al sistema nervioso a través de un segundo implante insertado cerca de la médula espinal de Gert-Jan, implante que se había realizado dos años antes y que la neuroingeniera conectó a las terminaciones nerviosas relacionadas con el movimiento en las piernas.
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Después de unas semanas de entrenamiento, Gert-Jan podía ponerse de pie y caminar con la asistencia de un andador. Su movimiento es lento, pero equilibrado.
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Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
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