La conciencia de Garrido

VIGO

29 abr 2011 . Actualizado a las 11:37 h.

Será siempre poco todo reconocimiento que Vigo pueda hacer al arquitecto Jaime Garrido. El autor de La ciudad que se perdió lleva décadas retratando el pasado de la ciudad y pidiendo la puesta en valor de nuestros edificios más emblemáticos. Sin Garrido, muchos vigueses no sabrían que la Panificadora es una valiosa pieza de arquitectura industrial, que el Casco Vello es un dédalo cargado de tesoros o que debemos proteger el corazón modernista de nuestro ensanche.

Alguna mañana de domingo, hemos visto a Garrido, como si fuese un turista japonés, fotografiando balcones, voladizos, volutas y cornucopias. La anécdota se transformaría después en libros como A arquitectura de pedra en Vigo, retrato de las obras que dejaron en la ciudad Pacewicz, Jenaro de la Fuente o Gómez Román. Así que nuestro compatriota, lejos de ser un estudioso ratón de biblioteca, es un tipo pegado a la calle, que cada vez que publica uno de sus magníficos trabajos se convierte un poco en nuestra conciencia colectiva. Muy a menudo, consigue avergonzarnos por las barbaridades cometidas contra el patrimonio vigués.

Ayer mismo, Jaime Garrido presentó El origen de Vigo. El monte de O Castro y su castillo, una obra de 335 páginas que recorre la historia del viejo monte Feroso, corazón y cuna de nuestra ciudad. Se queja el autor de que hoy O Castro es, «tristemente, un híbrido entre parque y párking. Sus llamados paseos son viales para la circulación de automóviles, pulcramente asfaltados sin dejar en ocasiones espacio de tierra en torno a los árboles, invadidos de coches estacionados, mañana y tarde».

Clama, también, contra el adefesio del edificio Montemar, construido ilegalmente para acoger el restaurante El Castillo. Es de gañanes pretender que un pegote como ese perviva de ninguna forma. Su demolición es de mero sentido común. Pero, sobre todo, el gran valor del libro de Garrido es su defensa de la fortaleza de O Castro, que en su opinión constituye «el patrimonio más valioso de la ciudad». Oculto ahora por el arbolado y por los pastiches que le fueron adosados, el viejo baluarte sería uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad, visible desde toda la ría y, también, desde el valle del Fragoso.

A su vez, sería el mejor mirador sobre el prodigioso paisaje vigués. Y su puesta en valor ayudaría también a desmentir la falsa e interesada creencia de que Vigo carece de historia. Los hechos de 1719, cuando la fortaleza resistió un sangriento ataque inglés, podrían así recordarse, al igual que la Reconquista o la batalla de Rande, aunque aún no existiese cuando se hundió la Flota de la Plata.

Una vez más, escuchemos a Garrido.

eduardorolland@hotmail.com