Realiza un cursillo de empleo doméstico en Cáritas, aprovechando su maternidad
04 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Nadie emigra por gusto, ni los pájaros. La mayoría de los que cambian de aires lo hacen por pura necesidad. «Tuve que emigrar a Vigo porque en mi país solo ganaba 3 euros al día», afirma Virginia Mendoza Martínez (32 años). Era vendedora ambulante en Sucre (Bolivia). Iba capeando el temporal, porque su marido trabajaba arreglando aparatos electrónicos. Pero se divorciaron y ella apechugó con el cuidado de sus tres hijos. El dinero a duras penas le llegaba para comer. Acuciada por la situación se vio obligada a emprender el camino de muchos de sus compatriotas.
«Vendía prendas de ropa femenina en un mercadillo, incluso me acompañaban mis hijos en algunas ocasiones. Pero el negocio no daba para todos, por lo que decidí marcharme», afirma.
Eligió Vigo por casualidad. «Cuando estaba haciendo los trámites para conseguir el pasaporte, me encontré a una paisana de Sucre y me comentó que ella también se venía para aquí, donde ya tenía a su esposo. Le pedí que me ayudará a buscar trabajo y, a los dos días de llegar, me contrató una familia de abogados para el servicio doméstico».
El dinero del pasaje se lo dejaron sus familiares. Su hermano mayor tuvo que hipotecar la vivienda para responder de un préstamo bancario. «Necesité 3.000 dólares, pero ya se los devolví. Les sigo mandando dinero todos los meses para el cuidado de mis hijos», señala.
«Estuve trabajando un año sin papeles, pero la señora me dijo que me iba a ayudar y, para que pudiese hacerlo, regresé a mi país y envió una oferta de trabajo. Pasé cuatro años interna con esta familia, pero tuve que dejarla, porque rehíce mi vida sentimental con otro boliviano que conocí en Vigo y me había quedado embarazada. Tenemos una niña (Naira) de 9 meses, nacida aquí», explica.
Aprovechó esta etapa de maternidad para realizar un curso en el taller de empleo doméstico que imparte Cáritas Diocesana de Tui Vigo. «Estoy aprendiendo muchas cosas, porque tenía algunas dudas a la hora de cocinar, sobre todo cuando hacía el cocido gallego, debido a que salaba demasiado», manifiesta. «También estoy aprendiendo a planchar mejor las camisas, porque en mi país no plancha mucha gente, por falta de dinero para pagar la electricidad».