Dice que en una ocasión dio sepultura a un conocido empresario y, cuando ya se iba, escuchó unos gritos, dándose cuenta de que había dejado encerrados a unos fotógrafos
02 nov 2009 . Actualizado a las 12:05 h.Xulio Vázquez Despachó a más gente para el otro barrio que Billy el Niño y sin disparar un solo tiro. Aunque casi todos eran vecinos, nadie se lo ha tomado a mal. Su trabajo es uno de los más rechazados por los españoles, por algo está catalogado como ocupación de difícil cobertura. A más de uno se le pondría piel de gallina al leer en su tarjeta de visita que es sepulturera. Pero ella no tiene escrúpulos. Nunca podrán decirle a Peregrina García Hermida (55 años) quién le ha dado vela en este entierro. Desde niña sabe que la sombra del ciprés es alargada y que los cementerios están impregnados de un olor a mirto. No necesitó hacer oposición alguna para ejercer de enterradora en San Miguel de Oia. Porque ya habían hecho lo mismo su abuelo, su padre e incluso su marido. Ahora es ella la que cumple el mandato divino de enterrar a los muertos. Una obra de caridad que le reporta 70 euros. Pero ya perdió la cuenta, aunque guarda las esquelas como hacía Camilo José Cela. -¿Cuándo comenzó a familiarizarse con los muertos? -A los 10 años ya acompañaba a mi abuelo, miraba como lo hacía y aprendí con él. Lo pasaba bien, porque también comía moras y fresas que antes había en el cementerio. Recuerdo que me subía a una piedra y miraba por un agujero como hacían las autopsias. -¿Nunca sintió miedo? -Para nada, porque también fui con mi padre y luego acompañé a mi marido, pero ya hacía yo el trabajo. Además los que me pueden hacer daño son los vivos, no los muertos. -¿Cuántos años lleva con su oficio? -Unos 25 años. -¿Le ha perjudicado para coger novio en las fiestas? -No, por aquí nos conocíamos todos y yo era muy divertida. -¿De qué se habla en los entierros? -De todo, incluso, algunos, de mujeres. También hay quien cuenta chistes. A más de uno ya lo tiene mandado callar el cura, porque hablan demasiado alto. -¿Le han preguntado por el enterrador? -Sí, me sucedió hace tres años en el entierro del conocido empresario Antonio Ramilo. Alguien se acercó a mí y me preguntó dónde estaba el enterrador y le respondí que lo tenía delante de cuerpo presente. Al verme en el andamio, no pudo contener la risa. Pero ahora me sucede con más frecuencia, porque traen a gente de fuera a enterrar en San Miguel de Oia. -¿Alguna otra anécdota? -Sí, precisamente en ese mismo entierro. Unos fotógrafos me preguntaron dónde se podían poner para hacer su trabajo. Les dije que se metieran en una especie de garita que hay en el cementerio. Yo seguí a lo mío y, al terminar de enterrarlo, cuando ya me disponía a abandonar el cementerio, sentí unos gritos y, como los muertos no hablan, me di cuenta de que había dejado encerrados a los fotógrafos. Fui al galpón, que es donde hago la masa, y les abrí la puerta. Se marcharon aliviados. Eran dos o tres chicos jóvenes. -¿Ya no entierra su marido? -No, porque está enfermo, ya se jubiló. -¿Recuerda cuándo debutó y con quién? -Es más fácil acordarse del primer beso que del primer entierro. Son ya tantos los que llevo hecho que no recuerdo bien. -¿Ya perdió la cuenta? -Sí. Tendría que contar todas las esquelas, porque las guardo, y son muchas. Este mes fueron tres y, en lo que va de año, suman 43, ni más ni menos. Pero también hago desentierros. -¿Algún día se le acumuló el trabajo? -Hace cinco años, tuve cuatro entierros en una misma tarde y otros tantos desentierros. Ese día establecí mi propio récord, pero solo pude comer un bocadillo.