Los 420 euros del paro y una pensión de viudedad le permiten llegar a fin de mes
27 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Son aquellas pequeñas cosas que le dejó un tiempo de rosas, como canta Serrat, las que se fueron subiendo al tren de la vida de la dominicana Rosalis Disla (41 años) junto con otras más amargas, hasta convertirse en una bola de nieve difícil de arrastrar. Es como si a esta inmigrante le vendiesen un billete de ida y vuelta cuando dejó su país. Tras veinte años en España, cinco de ellos en Vigo, se le presenta un complicado dilema de resolver. «Las cosas están para retornar, pero aguanto aquí por mis hijas», afirma dubitativa y resignada.
Era una chica veinteañera y madre de una niña en Santo Domingo. Una vecina suya, que vivía entonces en Ourense, le envió un contrato de trabajo para el servicio doméstico. Algo que no le era ajeno, porque ya se dedicaba a ello en su país. Así consiguió el permiso para poder emigrar legalmente.
Al poco tiempo, en la ciudad de As Burgas, le hizo ebullición el corazón al conocer a un joven de Verín, que se dedicaba a la hostelería. Terminó en boda y comenzó un peregrinar de la pareja por distintos lugares de la geografía española, siempre por cuestiones laborales.
De Ourense para A Coruña, donde montaron un negocio de comida rápida. Otros cinco años después, las cosas no le iban muy bien y decidieron venirse hacia A Guarda, donde llegaron a comprar un piso. Pusieron un restaurante a medias con una cuñada. Tampoco las ganancias eran las previstas y decidieron emprender el vuelo más lejos, a Palma de Mallorca. «Es que mi marido era muy inquieto», dice dejando esbozar una sonrisa. «Allá trabajé de camarera de piso en un hotel y mi marido, de jardinero», añade.
Enviuda
Pero solo aguantaron un año en la isla. Se marcharon a Andorra. Ella estuvo empleada en un centro comercial, en la charcutería él en la construcción. «Fue solo un año, pero esta vez me fui sin él y con las hijas, porque falleció, debido a un problema en una arteria», dice amargamente.
De un día para otro, se quedó viuda y con tres hijas. Dos son de su matrimonio y la otra la había traído de la República Dominica, porque la adoptó su marido. Su vida iba a experimentar un cambio de 180 grados. «Tuve que hacer de madre y de padre», manifiesta. Eso fue hace cinco años. Fue una cuñada que vive en Vigo quien la animó a que se viniese para aquí con el fin de poderle echarle una mano con el cuidado de sus hijas, que tenían entonces 4, 9 y 15 años, respectivamente.
Sus ocupaciones laborales siempre estuvieron relacionadas con la hostelería. «Trabajé de camarera, cocinera y de lo que hiciese falta», señala. El último trabajo que tuvo, desde que se instaló en un piso alquilado en Vigo, fue en un mesón, pero se fue al paro, al tener que cerrar por la crisis económica.
Ahora mismo está cobrando los 420 euros por quedarse sin trabajo, una pensión de viudedad de poco más de 300 euros y 170 euros por cada una de sus tres hijas, al haberse quedado huérfanas de padre. «Me voy apañando, pero la situación está dura. Tengo que hacer muchos números para llegar a final de mes, porque mis hijas estudian y gasto un dineral», se lamenta.