«Miles Davis vino varias veces a Vigo expresamente a comprar mi ropa»

VIGO

El diseñador se despedirá definitivamente este verano del mundo de la moda, al que llegó hace casi medio siglo, y en el que dice que siempre ha nadado contra corriente

25 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El nombre de Gene Cabaleiro lleva prácticamente medio siglo unido al mundo de la moda al que, afirma, llegó por casualidad. «Me llamó un buen amigo, Pedro Regojo, que estaba montando un negocio de pantalones, para que llevara la administración. Aquello marcó mi futuro», explica.

Tardó muy poco el joven Gene en descubrir que el trabajo de oficina, para el que se había preparado en la Escuela de Comercio, no era lo suyo, que lo que de verdad le gustaba eran los tejidos, los patrones... Pedro captó al vuelo la situación y le pasó al departamento comercial. El resto llegó rodado.

Eran los primeros sesenta y la factoría Regojo, entonces locomotora industrial de Redondela, trabajaba a toda máquina. El patriarca familiar, Don José, necesitaba manos, incluida la de su hijo Pedro, que optó por vender su incipiente negocio de pantalones. En la nómina de compradores, -«dos más uno que creíamos que tenía dinero»-, estaba Gene Cabaleiro.

Reconoce que desde el primer día ha nadado contra corriente, mucho más cuando en 1969 decidió volar en solitario. El tiempo demostró que con dicha forma de nadar se puede estar en la cresta de la ola o, lo que es lo mismo, llegar a abrir tiendas propias en París, Amberes, Colonia, Saint Tropez... Entre su clientela se contaron (y aún se cuentan) celebridades del mundo de la política, la empresa, el espectáculo... «Miles Davis vino varias veces a Vigo expresamente a comprar mi ropa», afirma. También lució diseños suyos Elton John.

Un «chorizo interno» que, según dice, le esquilmó la caja, le llevó a la quiebra en 1995. «Me quedé sin patrimonio personal pero pagué hasta el último céntimo», asegura. Contra pronóstico, y «gracias a la ayuda de mi cuñado Perfecto», volvió a partir de cero al año siguiente. Sin renunciar a su filosofía -«sólo hago las prendas que me gustan»- se tomó las cosas con más tranquilidad. Buscó buenos talleres en Portugal, que es donde confecciona su aquilatada producción, y el resto lo lleva él todo personalmente.

Su ropa se vende en tiendas de Puerto Banús, Mallorca, Ibiza, Lanzarote, Las Palmas... El negocio no le va mal, pero está a punto de echar el cierre definitivo. «Todo tiene un final. He cumplido los 70 y es hora de dejarlo. Con esta colección me despido», dice. Añade que venderá a menos del precio de coste lo que quede en el almacén y se dedicará a disfrutar de la playa, sobre todo la de Samil, una de las cosas que más le gusta.