Maderas nobles de la vieja fábrica fueron cedidas por sus propietarios al Concello hace dos décadas para sustituir suelo dañado por la carcoma en el pazo Quiñones de León
«Es un rumor que circula por Castrelos pero del que no existe ninguna referencia documental». A día de hoy ni siquiera los responsables del Pazo Quiñones de León conocen la historia de una cesión que permitió solventar en parte el problema de Castrelos tras los daños sufridos por una pertinaz carcoma y que se llevó a cabo reutilizando maderas norteamericanas de pino rojo o pino tea instaladas en la década de los años veinte en la vieja fábrica.
Estos tablones lucen hoy en algunas zonas de la antigua casona como si fueran originales tras una operación de recambio que se ejecutó en los últimos años ochenta, un proceso hoy olvidado producto de un acuerdo verbal entre sus propietarios y el Concello. Esta cesión gratuita fue de gran ayuda para el pazo y, paralelamente, sirvió también para dar uso e incluso salvar esta valiosa madera de un edificio que lleva abandonado desde 1981. Desde entonces ha sufrido numerosos daños y ha sido objeto de rapiña, incendios y ocupación por personas sin techo, por lo que no es ni mucho menos descartable que hubieran podido desaparecer por cualquier vía.
En el momento actual se ha planteado de manera extraoficial una propuesta para conservar íntegramente la antigua fábrica de La Panificadora con la finalidad de salvaguardar el conjunto del edificio y no solo los silos, como figura en el convenio urbanístico en vigor suscrito hace cinco años. Curiosamente, fue la previsión inicial del derribo de todo el inmueble lo que provocó la salvación de estas maderas, según han confirmado sus dos principales protagonistas: José Antonio Valcarce, responsable de Tranvías Eléctricos y uno de los propietarios de La Panificadora, y Francisco Santomé Otero, concejal de Urbanismo socialista entre 1987 y 1981.
En aquellos momentos ambos mantenían contactos debatiendo el futuro de la fábrica, cuya desaparición se daba por descontada. Nadie valoraba entonces su pervivencia y lo que se discutía era el futuro urbanístico de la parcela. Coincidiendo en el tiempo, el pazo de Castrelos llevaba años sometido a tratamientos para librarlo de la carcoma que estaba destruyendo sus maderas y generando un grave riesgo para gran parte de su estructura. Una primera actuación había fracasado ya que no se localizó uno de los nidos de estos insectos, por lo que pasados los años el problema se mantenía.
Valcarce tuvo noticias en aquel momento de que el Concello precisaba maderas nobles para reponer las dañadas del pazo. Según explica, estas maderas solo se localizaron en el edificio Ferro, lo que hoy es la biblioteca central, y en La Panificadora. De inmediato ofreción su cesión al Concello ya que la fábrica estaba cerrada y prevista su desaparición.
La retirada se llevó a cabo con todo cuidado, algo que todavía hoy puede comprobarse en La Panificadora. Las dos grandes habitaciones donde se encontraban lucen las vigas que las sujetaban pero no hay rastro de los tablones de pino tea .
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