La unidad se rompe en el foro empresarial vigués tras posicionarse solo parte de su directiva sobre el uso del gallego
07 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Una de las cosas que más impresionó a Manuel Fraga cuando decidió poner fin a su carrera política estatal y recluirse al otro lado del Padornelo fue encontrase con una pintada que rezaba: «Galicia, como Nagorno-Karabakh». Al recién estrenado entonces presidente de la Xunta le aterraba imaginar siquiera una miniversión de la pugna librada en el interior de Azerbaiyan a principios de los años noventa, y que lo dejaron como una isla terrestre en la versión ex soviética del condado de Treviño.
Fraga sacaba en el Parlamento el ejemplo del Alto Karabakh cada vez que desde las filas del BNG, sobre todo en boca de Xosé Manuel Beiras, se le fustigaba por la escasa voluntad de expansión del gallego que entendían los nacionalistas tenía la Xunta popular.
Enzarzados cada vez más en un debate importado, no exento de intenciones ideológicas por defensores y detractores y llamado a crecer conforme se acerque la llamada a las urnas, el empresariado vigués expuesto en el contemporáneo escaparate del Club Financiero se acaba de meter sin protección en el avispero idiomático, pero causando además en su interior un pequeño Nagorno-Karabakh.
Y es que si bien es cierto que las quejas, las incomodidades, la perplejidad denunciadas en el seno del foro empresarial vigués sobre la obligatoriedad sin alternativas de cursar gallego para los hijos de directivos y empresarios recién llegados se han venido produciendo cual gota malaya, poco a poco pero constantemente, por algunos de los socios más internacionalizados del Club, hasta ahora nunca se había hecho de dicha cuestión causas belli, ni siquiera en las comidas privadas con Anxo Quintana.
Pero el Club Financiero, animado por certeras reclamaciones respecto a las infraestructuras que Vigo ansía, defensor de mejores presupuestos para la ciudad y altavoz de debates para crear opinión y musculatura local, ha ido más allá de lo que muchos de sus socios hubieran querido.
El documento Política lingüística. Una versión empresarial con el que el Club Financiero sorprendió a toda Galicia esta semana para sacudirse una supuesta opresión causada a juicio de sus rectores por «cortapisas», «inmersiones» e «imposiciones» lingüísticas ha roto la unidad, incluso en sus órganos de dirección.
Varios testimonios del órgano ejecutivo del Club Financiero admiten que la puesta en escena de una de sus más antiguas preocupaciones se ha hecho mal. Aseguran que al contrario de lo que oficialmente se ha dicho, el documento no fue aprobado por toda la directiva. Es cierto que lo fue por unanimidad, pero solo de los presentes en la sesión, que no llegaban casi a la mitad de los que tienen plaza en dicho cuadro. Es más, algunos de los que dieron su sí en representación de sus sociedades han sido incluso reconvenidos o corregidos, pese a que en el fondo todos están de acuerdo, al menos en gran parte de la conclusión del documento.
Pero el desacuerdo nace según explican en que se diga que todos los apoyaron, cuando no fue así; en el momento elegido, al pie de las urnas; en extralimitarse de una visión exclusivamente empresarial, y finalmente en hacerlo justo frente a quien tienen que decidir en unos días el mayor negocio eólico de cuantos se han puesto encima de la mesa en Europa.
Muchos de los empresarios, incluso representados en la dirección, se juegan directa o indirectamente parte de sus posibilidades de negocio inmediatas en ese concurso que generará más de 5.000 millones de euros de negocio. Y por eso creen que alguien se extralimitó en el Club Financiero al hablar en nombre de todos. La división, al menos momentánea, es más que evidente y puede dejar cicatriz en un foro nacido en 1993 y en el que ahora, como en media Galicia, bastantes empresarios se están jugando un gran pastel.