Enfrentarse al arte sin complejos en 13 lecciones

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

Parece fácil, pero solo hasta que decidimos enfrentarnos a él. Es la conclusión a la que llegó una servidora después de hacer la prueba el pasado martes. El metafórico bosque al que había que enfrentarse era el de aprender a contemplar arte. Está claro que uno ya no es nadie si no es capaz de diferenciar un Manet de un Monet y, por supuesto, un Rioja de un Borgoña o un John Galiano de un Karl Lagerfeld.

En parte por eso pero, sobre todo, por esas ansias inagotables de aprender que tiene la gente, hay overbooking en los cursos para legos que organiza el Marco. Tanto que el que acaba de iniciarse bajo la batuta de Emilio Cendón ha tenido que ampliar la matrícula para atender la demanda. Principalmente femenina, como en casi todas las citas culturales que se convocan en esta ciudad. La complicidad de Iñaki Martínez y, sobre todo de Marta Viana, me permitió colarme por un día en el aula. Así puedo contar la experiencia de primera mano.

Antes de que el maestro Cendón empezase a desgranar enseñanzas le pregunto a Uxía, mi vecina de silla, qué es lo que le ha llevado a comprometer cada tarde de martes hasta el 3 de junio. «Valorar por qué una obra es más o menos importante y no quedarme sólo en el simple me gusta o no me gusta». Rosa y Carmen emplean distintas palabras para expresar el mismo deseo: «Intentar entender el arte moderno». Trinidad va un poco más allá: «Acudo con frecuencia a exposiciones, pero en algunas soy incapaz de ver arte donde los expertos dicen que lo hay. Estoy aquí porque yo también quiero verlo». Algo parecido les ocurre a Mariló y a su hija Paula, una de las benjaminas del grupo. «Quiero saber interpretar más allá de lo evidente», dice la primera mientras Fátima, otra de las cursillistas, asiente.

Raimundo, uno de los contados hombres (tres para ser exactos) inscritos es un poco más ambicioso, tal vez fruto de que es dueño de casi todo su tiempo. Es lo bueno que tiene pertenecer a la selecta nómina de prejubilados-jubilosos: «Me interesan los orígenes de la pintura, su evolución, las diferentes técnicas... En fin, todo».

Es lo primero que propuso Emilio Cendón en cuanto arrancó la clase. Uno a en forma de recomendación y otro de petición expresa. El de recomendación era no perderse mañana la apertura de la exposición Paraísos indómitos. En cuanto al de petición expresa «quiero que contempléis una vez más vuestro cuadro favorito -dijo- y que trasladéis a un folio lo que veis, lo que os sugiere... La próxima semana lo comentamos». Nadie puso reparos. Es lo bueno que tiene querer aprender.

Por eso tampoco nadie se cortó un pelo (si acaso durante los primeros quince minutos) a la hora de intervenir cada vez que el profe preguntaba aquello de qué veis en este cuadro, y en este otro, y... Así hasta veinte. Firmados por manos tan variopintas como Grunewald, Velázquez, Dalí, Goya, Ribera, Lotto, Mantegna, Da Vinci, Durero o Holbein, entre otros.

Me tranquilizó mucho no ser la única que puso cara de sorpresa. No son los autores de los que una espera que le hablen en un museo de arte contemporáneo. «Para entender dónde estamos y hacía dónde vamos tenemos que saber de dónde venimos», explicó Cendón.

No sé qué pasará en sucesivas clases, pero con el desparpajo con que ya nos lazábamos todas (y ellos tres también) a opinar, la pata que no va a faltar en sucesivas citas va a ser la de la interactuación.

La anécdota de la tarde fue la unanimidad de criterio a la hora de juzgar a Durero: «Era presumido hasta límites insospechados», «está claro que se quería mucho», «se sentía como una superestrella», «pero si combinó hasta el gorro y los guantes», fueron algunos de los comentarios que recibió su famoso autorretrato.

La interactuación empezaba a tocar techo justo cuando la clase tocaba a su fin. A algunos las dos horas les supieron a poco. Es el mejor piropo que puede recibir un maestro, así es que Emilio Cendón tiene razones para sentirse satisfecho.